Ludmila (Luz que mira – Luz que sana)
Ludmila (Luz que mira – Luz que sana), nació en la zona
serrana del actual Veretine, el veintiuno de marzo de mil novecientos catorce. Hija
de madre humana, pero criada entre animales del monte, Ludmila pronto supo que no
era como el resto de las personas. Se parecía a ellas en aspecto, pero no en su
interior. Su capacidad de sanar y de mirar, le apareció ni bien pudo pararse en
dos pies y dar sus primeros pasos. Le pasó con los animales que eran su familia,
le pasó con las personas que se acercaban a ella y le pasó con las plantas que
la rodeaban.
Desde entonces, su vida comenzó a girar en torno al Don.
Muchas personas se internaban en el monte buscándola, se le acercaban y le
pedían que las tocaran para sanarlas. Ella lo hacía y sentía una gran
satisfacción al lograrlo. Pero a cambio del curar pedía que las personas la
escuchen contar una historia. Entonces, ella, sentía una señal en su pecho y
comenzaba a hablar de su pueblo: de los Ludcayeces. Los ancestrales
habitantes de esas tierras que habían sido casi exterminados por la
colonización, pero que inventaron la forma de resistir y permanecer. La misma
existencia de Ludmila, era la materialización de la resistencia Ludcayence.
Cuando creció decidió irse del monte, sintió que debía
realizar su mandato en la gran ciudad, que las gentes de allí necesitaban de
sus historias y sus curaciones. Cuando se instaló en la villa de emergencia, conoció a quien sería su compañero durante un
tiempo y padre de sus nueve hijes. Sufrió profundamente la muerte de dos de
elles, pero se repuso y continuó con su labor de madre, abuela, curandera y
contadora de historias de su pueblo.
Todos los días realiza las tareas domésticas y sociales
de la misma manera, sigue rituales que ella misma ideó y que le permiten
sentirse segura. Si alguna vez, las circunstancias la obligan a salirse de su
rutina, sufre el impacto de la desestabilización e intenta llevar la contingencia
hacia el cauce de lo conocido.
Acompañando el crecimiento de su descendencia, descubrió
que le hubiera gustado ser cantante. Intentó formar parte del coro de la
iglesia de la villa, pero la demanda de sus crías, del cuidado de la casa y de
les vecines dolientes, le impidieron asistir a los ensayos y continuar. No
cantó nunca más. A veces, algunes dicen que la escuchan cantar en su patio,
mientras cuida las flores y espanta los pájaros a los que les tiene aversión; ella dice que son
almas encerradas y castigadas por haberse inmiscuido en cuestiones de otros
mundos.
Todos los domingos cocina para la familia. Vienen hijes,
nietes y bisnietes de diferentes lugares de la ciudad, y sus amigues del
barrio: dirigentes vecinales, y vecines. Se reúnen en su casa y agradecen su
presencia, aunque tienen que soportar sus enojos cuando algune llega tarde o
confiesa haber cometido algún error. Todo retoma la calma cuando ella siente en el pecho, el mandato de su pueblo y
les cuenta alguna historia nueva. Pasan la tarde entre risas, peleas y bailes.
Cuando se queda sola, intenta hablar con sus dioses, con
sus antepasados y les pide que le concedan el don de la finitud. Está cansada,
necesita un largo remanso. Aunque sabe que eso es imposible, que la eternidad
fue el don o el castigo que recibió al nacer, nunca deja de insistir.

Natalia, el cuento está muy bien estructurado y el relato acompaña la presentación del personaje que creaste. Para seguir puliendo este texto tendrías que volver a revisar los signos de puntuación, principalmente algunas comas, que te marcamos en la primera corrección. Como así también, algunos saltos temporales que podríamos diferenciarlos por espacios en blanco; como en el siguiente apartado en el que se empieza a narrar en presente:
ResponderBorrar"Todos los días realiza las tareas domésticas y sociales de la misma manera (...)".
Muchas Gracias Flor
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