Adelante, adelante- me dijo y abrió la puerta a su departamento monocromático, rojo espeluznante.
-¿Qué tal ?- me pregunto.
-¡Un lujo! . ¡Qué original! - le respondí. Vomitivo, pensé.
-Amo el rojo- dijo y giró sobre sus talones con los brazos en alto, señalando un cielo raso rojo sandia -Adelante - y me señaló una colección de sillas, sillones y butacas dispuestas meticulosamente a lo largo del living. Una auténtica tomatina valenciana en el séptimo piso de calle Palermo-Tomá asiento donde más te guste.
En el palier, pensé. Caminé con cuidado para que la alfombra carmesí no manchara el negro solemne de mis zapatos stilettos.
-En ésta- dije- la más pequeña para poder cubrí sus patas granates con mi falda y no verla tanto. Por fortuna había elegido la falda más larga, amplia y negra de mi armario.
-¿Qué vas a tomar? ¿Té rojo? ¿Campari? …¿Un cóctel de frutillas quizás? - dijo sacando un frasco de frutillas en almíbar de la heladera carmín- ¿Qué te parece?
-Exquisitas- le dijo. Repugnante, pensé.
- Entonces ¿Daiquiri de frutilla?-dijo sacando una frutilla del frasco con la mano. Se la devoró con la ansiedad de un vampiro hambriento. Se chupó los dedos, uno por uno, hasta no dejar rastro de almíbar. Sacó otra frutilla y me la ofreció. Sí, con esos mismos dedos.
-Mejor de postre- le respondí. Se la comió con mas ansiedad que a la primera. Repitió el ritual. Cerro la puerta de la heladera y camino hacia mi.
-¿Una sangría? - dijo tomando un par de melones rosados de la frutera que sobre la empalagosa mesa carmesí.
-Mejor un ron- le dije señalando la botella sobre la repisa.
-¿Con cola, no?- dijo mientras volvía sobre sus pasos, y señalaba feliz la etiqueta roja de la botella de cola que sacaba de la heladera.
Dejó las dos botellas sobre la mesa junto a dos vasos de vidrio labrado de un tono coral irritante. Me saque mi abrigo de terciopelo negro y cubrí un sillón de mimbre escarlata.
-Permiso- dijo y se sentó en un sillón Luis XV bermejo impenetrable. Se sacó los zapatos. Qué placer sentí cuando sus medias mancharon con talco la alfombra carmesí. Poco me duro la emoción. Sus pies se metieron con una voluptuosidad demoníaca dentro de unas pantuflas rojo fuego- Ahora si- dijo y caminó hasta mí. Tomó una de los vasos que yo había servido y propuso un brindis-¡Salud, por este momento de intimidad!
-Tengo hambre- le dije mientras chocábamos los cristales en el aire.
-Prepare gazpacho- dijo y su sonrisa brillo como un rubí. De camino a la heladera puso música con el control remoto. Regresó bailando y cantado un tema de Frank Sinatra. Traía dos potes de gazpacho en cada mano. Me miró y sonrió satisfecho- Los decoré para vos.
-Perfecto- le dije por cortesía pero sentí que me crujían las tripas. Dónde quedó ese tipo sobrio y discreto, de trajes gris topo y corbata gris plata que cada mañana deja sobre mi escritorio una pila de demandas a responder. Dónde está ese tipo que dosifica sonrisas, un chiste cada dos por tres y me da a cuentagotas halagos sutiles. Si no fuera tan lindo ya habría salido corriendo del edificio, no sin antes llamar al manicomio. Las chicas no me lo van a creer.
-¡Cuidado!- le dije pero ya estaba en el suelo. Había tropezado con la pata de la silla. La porcelana rosa que contenía los gazpachos aterrizó sobre su frente después de que su cabeza golpeara contra los vidrios colorados de una mesa ratona. La sangre corría a borbotones por su frente. Pobre, pensé, no podrá verse con este inverosímil composé.

Éste cuento lo escribí para el mundial de escritura... Creo que debería haber omitido un poco mas la palabra rojo y confiar en que el reemplazo por una "semejanza" hiba a ser entendida por el lector.
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