En espiral
El mayor de los orgullos es la lucha contra la
policía, cuerpo a cuerpo haber defendido la ocupación. Eso dice la referente
cuando toma el micrófono y se dirige a sus compañeres. Grita: “cuántos palos
tuvimos que soportar y acá estamos, levantamos estas paredes y pusimos este
techo con nuestra fuerza, con el trabajo de nuestros propios cuerpos”.
Enfrentar a la policía, hacer mezcla y pegar ladrillos, forman parte de un
mismo proyecto social. Ocupar la tierra y levantar algo sobre ella como modo de
apropiarse y de afirmarse en un territorio, pero también como modo de
garantizar cierta supervivencia. Que, leída al final, será la manera de hacer
efectivo el derecho a la vivienda.
Son un montón de nadies, excluidos y no mirados de
una ciudad que crece para arriba, sin mirar lo que aplasta, que se distancia de
la tierra para olvidarse de donde viene y de los que están a lado. Elles no
están invitados a este vuelo irracional, a levitar. Elles están condenades a la
tierra. Por eso, andan descalzes o semi calzades desparramándose por donde
encuentran huecos abandonados. Cuando los hayan, quieren asentarse. Echar
raíces, comenzar contactos profundos para abajo y para los lados. Se miran, se
reconocen, se necesitan. Lo hacen juntes.
Elles no piden, resisten. No van al centro a
reclamar, no hacen manifestaciones ruidosas, no pegan carteles de noche ni
ensucian la ciudad. Sólo silenciosamente encuentran un lugar y lo ocupan.
Luego, esperan la llegada del enemigo, para resistirla. Y lo logran, cuando son
más de une, cuando se toman de las manos y todes: varones, mujeres, niñez todes
descalzes, resisten los golpes, los insultos, las amenazas de la fuerza armada
de la ciudad que tampoco los quiere ahí.
Es esa mística de la resistencia las que les da la
fuerza para continuar. Y son elles con sus manos y sus espaldas, les que
construyen las pequeñas casas, sin reboque, sin contratecho, sin agua, sin luz,
sin cloacas. Solo un refugio que pueda protegerlos de la intemperie y de la
furia del frío, del viento, del sol.
La vida les encuentra en la supervivencia
absoluta. Su animalidad es lo que les molesta. Si al menos no tuvieran hambre,
todo sería más fácil. La tierra que los acoge es una tierra vencida, agrietada,
ultrajada. Ya no pueden, estes seres, aferrarse a ella para salvarse, porque
ella está tan herida como elles. Ella es pobre y está vejada. Solo puede
ofrecer un “estar”.
Y entonces, elles comprenden eso y quieren curar a
la tierra como una manera de curarse elles mismes. Y la riegan, la protegen, la
miman con juegos de cosquillas moviendo sus polvos en superficie, le ofrecen
semillas y alimentos, le piden flores y comida. Y la ponen linda, le pintan la
cara. La tierra se alegra un poco y ofrece alguito. Lo hace porque las vio a
ellas, las mujeres del conjunto, esforzarse tanto, culo pa´l norte lidiando con
su dureza y su tristeza. Las vio trabajar y las vio reírse juntas, las sintió
implorarles y darle ofrendas. Por eso la tierra les da algo, se recupera un
poco y les da verduras para que alimenten alguito a sus gurices.
Las mujeres que están juntas cuidando la tierra,
se unen a los varones que están juntos levantando paredes y mujeres, varones, niñez
y no binaries, se mezclan en la alegría y el sueño de construir una escuela en
el territorio ocupado. Entonces la vida cobra vuelo, se aferra a la tierra,
pero mira el cielo. Mira el vuelo de los pájaros ya no sólo para cazarlos, sino
para seguirlos y pispiar a dónde es capaz de llevarles.
Así el vivir se convierte en otra cosa, hay algo
raro en el ambiente, hay otra música, otros olores, otros decires, otros
encuentros. Ronda la idea de trascendencia, de querer dejar una huella. Elles
no se sienten dueños de sus cuerpos, ni de su vida, elles creen que vivirán en
lo que quede de elles, en su marca en la tierra, en las paredes de la escuela,
en lo que escriban en ellas, en los gurices que los continuarán. Y así comienza
nuevamente la historia una y otra vez como un círculo que esta vez, se
convierte es espiral, hacia arriba.
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