Presagio (Cuento para el Tríptico)


 Presagio


 Y sí, morir estaba dentro de las posibilidades. ¡Qué le vamos a hacer! De chiquita ya era impulsiva y corajuda; cómo no lo iba a ser de grande. Practicó un par de veces en la orilla y como le salió bien se mandó mar adentro. Me dijo un guardavida que ni un nadador experto hubiera salido vivo. Mar de fondo y picado. ¡Qué querés!


Era la primera vez que agarraba una tabla de surf. La brasilera que viajaba con ella me contó que el día anterior subieron a un morro a ver una competencia y estudiaron la técnica de los surfistas. A la mañana siguiente alquilaron unas tablas y corrieron al mar. Dice que eso hacen los surfistas; corren descalzos por las calles con las tablas bajo el brazo para entrar en calor. Ellas quisieron hacer lo mismo.Tal vez, si no hubiera soltado la tabla hoy tendría a mi hija acá. 


La semana pasada nos llamó por teléfono desde allá. A la madre le contó que el cementerio del pueblo estaba lleno de tumbas de niños y jóvenes a los que el mar no les perdonó la vida. Puras flores de plástico, dijo, por el dengue. Estaba impresionada con las placas de unos mellizos. Nacieron y murieron los dos juntos, el mismo día. Diecisiete años tenían. ¡Qué barbaridad!


¿Sabés qué me contó mientras hacía la valija? Que cuando tenía seis años, esperaba a que nosotros nos acostáramos a dormir la siesta, le robaba la bicicleta su abuela y salía a pedalear sola. ¡Hasta el cementerio se iba! ¡Podés creer! Desde acá son como cincuenta cuadras. ¡Sola, con seis años! No, si ésta se las buscaba. Me dijo  que también se iba hasta el fondo del Alberdi, dónde están las chicas, viste. Era la hora de la siesta, pero igual esa zona es peligrosa a cualquier hora, hoy y hace veinte años también. Una vez la pararon unos policías, imaginate. Le preguntaron “¿Qué anda haciendo por acá?”. “Vine a andar en bici”, les dijo. La escoltaron hasta  el centro.


¡Ay, Tano! Si no hubiera soltado la tabla, tal vez, no sé. Pero era tan rebelde que no quiso ponerse la tobillera con la cuerda que la amarraba a la tabla. Se la puso y después se la sacó porque le molestaba, me dijo la brasilera. Treinta años tiene esa piba tambien. Se volvió a su casa. Iba a viajar un año por Brasil, Perú y Colombia; pero quedó shockeada. ¡Qué querés!.


No ganó nada con irse tan lejos. Dejó de escribir porque cada historia que creaba luego le ocurría, a ella o a alguien de la familia. Quemó todos sus escritos y se dedicó a pintar. Largó la literatura y agarró los pinceles. La pintura se le daba bien también. Pero no va que dibuja la muerte de una mujer de cabellera exuberante y curvas prominentes; y a los dos días se murió su mejor amiga; la modelo de rulos. ¿Te acordás? Y ahí le explotó la cabeza. Largó todo y se fue a viajar. No era para menos. Juró que jamás volvería a escribir ni a pintar.


No Tano, para mí sin soda. Que no se nos muera este tinto también. ¿Sabés qué es lo peor, Tano? La noche anterior a que se la llevara el mar, ella soñó que su primo, el que murió en un accidente de autos, la venía a buscar. Se lo contó a la brasilera; y se lo contó en ayunas porque dijo que no era supersticiosa. Te digo, se las buscaba.



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