De niña,
Aitana había tenido que aprender a mentir. No era divertido tener que decir en
la escuela que sus padres se peleaban hasta los golpes y ella y sus hermanos
tenían que llamar a la policía.
La mentira
era su manera de socializar. A veces, debía defenderse de algún compañero o
compañera cuya madre había visto a la policía. Y su manera de hacerlo, era
mintiendo.
Y un día, sus
padres se pelearon, pero pronto se acabó la
discusión.
Cuando los hermanos
se levantaron, se dieron cuenta que, en la casa, no estaban nada más que ellos.
Por supuesto, hicieron sus tareas pensando que sus padres ya vendrían que ya
vendrían. Pero esto no sucedió.
Habían
transcurridos varios días y los alimentos se acabaron. Aitana y sus hermanos
debieron salir a pedir comida a sus vecinos.
Hasta que un
día, a una vecina se le ocurrió llamar a la abuela materna de los niños, para
hablarle de la situación.
Fue entonces
que cambió la vida de Aitana y sus hermanos, ya que su abuela se los llevó
consigo, a su casa, en otra ciudad.
Cuando
Aitana terminó la escuela secundaria, igual que su hermano mayor, salieron a
trabajar para que los más pequeños pudieran seguir estudiando.
Llegó el día
en que Aitana se puso de novia, pero siguió usando la mentira como modo de
vida. Hasta tal punto, que ella creía en lo que decía: se creía sus mentiras.
Como era de
esperar, esa relación fracasó, pero le quedó una hija reconocida por su padre.
Ahora,
Aitana tiene cuarenta (40) años. Tiene dos hijos y vive con su padre (que
volvió; pero eso es otra historia). No pudo formar pareja, a pesar de haber
tenido buenos hombres a su lado. Hace ya bastante que intenta enfrentarse a la
verdad, pero le cuesta horrores. Se acerca y se va. Su verdad es muy dolorosa.
Pero si ella tiene la fuerza que tuvo para criar a sus hijos, ¡Lo logrará!!
¡Con plena seguridad que lo hará!!!!! ¡Ella podrá!!!!!
Aída Frías Capra
01/11/2022

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