El dotorcito (ejercicio 6)
En el pequeño pueblo él era el personaje que todos conocían. Era un integrante más en la familia de cada uno de los habitantes. Todos lo querían. Porque él no sabía de horarios, ni feriados, salvo los 15 días de vacaciones en los que se escapaba todos los años con su familia a ver a “los viejos”. En el pueblo había dos médicos más, pero él era el “dotorcito”. Visitaba a sus pacientes a domicilio, o los recibía en el consultorio de su casa. En caso de necesitar internación, lo hacía en una clínica bastante limitada en servicios pero de gran voluntariado.
Un día fue a verlo doña Elvira, la esposa de un campesino, que a raíz de las lluvias de los días anteriores, había sufrido una caída en su casa y se había golpeado el hombro derecho. Los resultados de rayos revelan una luxación.
–Mire, doña Elvira, vamos a tener que llamar al traumatólogo para que le acomode el hombro y también al anestesista porque no se puede hacer de otra manera porque es muy doloroso. Pero es un ratito nada más. Véngase el próximo jueves, cerca de las nueve así le colocamos el hombro en su lugar.
A la mañana siguiente la paciente estuvo puntualmente a las 9.00. Cumplidos los protocolos entró al quirófano confiada en su amigo. Afuera esperaban su esposo y sus tres hijos.
Todo transcurría con normalidad cuando un suspiro enronquecido de la paciente paralizó a todos: los desesperados masajes e intentos de reanimación no sirvieron de nada, doña Elvira se había dormido para siempre.
–Qué hiciste, animal! –increpó al anestesista.
–Nada, es una reacción de la paciente!
–Ahora salí vos, imbécil, y explicale a la familia porqué se murió.
Acarició el cabello encanecido de su amiga y no pudo contener el llanto. Todo siguió su ritual como si nada hubiera pasado. Inspiró profundo varias veces tratando de reponerse. Bebió un poco de agua y salió a hablar con la familia. Don Pedro, el esposo, se le acercó ansioso, entonces, él lo abrazó fuerte y le dijo: Pedro, no sé qué pasó, pero Elvira hizo un paro cardiorespiratorio y no logramos reanimarla a pesar de los intentos. Quiero aclararte que tienen el derecho a hacer todos los reclamos que (?).
Se hizo un largo silencio. Los hijos se abrazaron entre sí, pero al igual que su padre, estaban educados con la premisa: “los hombres no lloran”. Abrazaron a su padre y se dispusieron a realizar los trámites pertinentes.
El calendario fue desgranando los días hasta que una tarde al abrir la puerta de su consultorio ahí estaba Pedro con su hijo mayor. Mientras atendía al paciente de turno en su cabeza se agolpaban los pensamientos más oscuros: demanda judicial, abogados, tribunales, etc., etc. Y llegó el momento de atenderlos.
–Hola, Pedro –dijo, mientras se abrazaban.
–Hola, Marcelo –y abrazó al hijo –. Siéntense. Los escucho. –dijo, mientras recomponía la voz.
Entonces, Pedro, con un castellano lleno de pellizcos itálicos le dijo:
–Mirá, dotore, nosotro vinimo a decirle que no vamo a hacer ningún reclamo. Dio la quiso a la Elvira allá con Él. Qué se le va a hacer, así es la vida. Nosotro seguimo confiando en vo.
Las palabras de ese tano bueno lo desarmaron, sentía que las fuerzas lo abandonaban, pero se levantó de su sillón y se abrazó a esos hombre cuyas miradas eran tan transparentes como sus almas.
Permanecieron abrazados mientras las lágrimas sellaban nuevamente su amistad.

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