"Desencanto", de Luisa

 


Desencanto


Entonces, cerró los ojos y se dijo que esta sí sería la última vez, la definitiva.

Todo ocurría allí, delante de sus ojos. Él llegó en su auto, estacionó frente al edificio y se bajó. Tocó el portero y regresó al auto. A los pocos minutos, una joven monísima, abordó el vehículo, se saludaron con un apasionado beso y emprendieron viaje.

–Siga a ese auto azul –le ordenó al remisero, y lo siguieron hasta llegar a al oficina de seguros donde él trabajaba desde hacía ya mucho tiempo y sin duda su compañera también.

Al oír el sollozo, el chofer la miró por el retrovisor y al verla con los ojos inundados de lágrimas, le dijo:

–Se siente mal señora? Puedo ayudarla?

–No, no. Lléveme a casa –dijo con voz entrecortada– Molina Campos 1068.

Al llegar a destino, pagó y descendió del vehículo como una autómata. Al entrar al edificio, iba tan sumida en su dolor, que ni siquiera saludó al portero. Ya en su departamento, tirada sobre la cama, lloró desconsoladamente.

Un torbellino de recuerdos inundaban su mente. El día que se conocieron, casi treinta años atrás, en la casa de una compañera de colegio… la boda, con toda la magia y el encanto que encierra ese momento: –Sos la novia más bella del mundo –le dijo, y a ella el corazón le explotaba de amor. El sacrificio y la angustia de la espera de los resultados daca vez que se sometió infructuosamente a una fecundación asistida, con la ilusión de tener un hijo. Las vacaciones con amigos. Los viajes a los congresos que organizaba la cía y a los que ultimamente viajaba solo. Y aquél fin de semana terrible, cuando le dijo que se iba de pesca con Diego y Jorge; pero ella al llamar a la casa de uno de ellos descubrió que le había mentido. Ignorando la situación, la esposa de Jorge le contó que habían salido a cenar con Diego y su familia, el sábado por la noche. Sintió que el mundo se le derribaba, pero no dijo nada.

De regreso, él se excuso de mil maneras. Y ella lo perdonó porque lo amaba. Había sido su primer novio. El hombre con quien planificó compartir su vida hasta el final. Pero… cuántas veces le perdonó sus infidelidades, sus desplantes. Cuántas veces sus amigos intentarons hacerle ver la realidad y ella se negaba, justificando su comportamiento. Hoy no podía llamar a ninguno de ellos buscando consuelo porque ya sabía lo que iban a decir. 

Fue hasta el baño, tenía el rostro desfigurado por el llanto. Se duchó, se maquilló y se vistió elegantemente.

Cuando él regresó, se acercó a saludarla pero ella lo esquivó y levantándose bruscamente del sillón, le dijo:

–No es necesario que sigas fingiendo.

–Qué decís –le respondió con una sonrisa casi sobradora.

–La verdad, eso digo. Porque me cansé de tolerar tus mentiras, tus excusas, tu teatro.

–Estás delirando –replicó.

No, no. Hoy dejo de ser la marioneta a la que vos le movés los hilos a tu antojo. Se terminó.

–Ya te dejaste llenar la cabeza con chismes.

–Nooo. Yo te vi. Hoy te vi cuando la pasaste a buscar y se fueron juntos al trabajo.

–Es mi compañera –respondió notablemente nervioso.

–No me interesa escuchar tus descargos. Esta es la última vez que nos vemos y que hablamos. La próxima se comunicará mi abogado contigo. No quiero escucharte ni una palabra más.

Sin esperar respuesta fue al dormitorio y regresó con sus valijas. Él sólo intentó decirle:

–Adónde vas? Tranquilizate. Hablamos.

–No es asunto tuyo, dónde voy. Y ya te dije que no quiero escucharte.

Haciendo un esfuerzo para contener el llanto, salió dando un portazo como queriendo cerrar su pasado definitivamente y… entonces cerró los ojos y se dijo que esta sí sería la última vez, la definitiva.


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