ALBERTO Y EL DOCTOR KWING
Alberto
era un niño de diez años. Inteligente y guapo, era el tesoro de su madre pobre.
Ambos
vivían en un pueblecito rural, bastante alejado de la gran ciudad.
Al morir
su esposo, la madre de Alberto debió hacerse cargo de la pequeña quinta que le
dejara su esposo y padre de Alberto.
Éste
ayudaba a su madre en todo lo que podía ya que el trabajo era mucho.
Generalmente, él se ocupaba de preparar la mercadería, y salía a venderla,
además de concurrir a la escuela.
Gracias a
su ayuda, su madre pudo, con el tiempo, abrir un puesto de venta en la feria de
la plaza del pueblo.
Se acercaba
el Día de Los Reyes Magos y Alberto escribió su carta, como todos los años.
Además de ayudar a su madre, ¡su libreta de calificaciones era BRILLANTE!!!!
Pero
lamentablemente, su madre enfermó.
No quería
que la enfermedad la venciera, pero un día, Alberto la obliga a quedarse en
cama y se dispone a llamar al doctor Kwing. Su madre le dice que no lo haga,
pues no hay dinero para pagarle.
El niño
se detiene y se va a la feria a vender para tener dinero. A las tres horas,
llega asustada una vecina y le avisa que su madre está empeorando.
Alberto
toma el dinero, pasa a su casa a ver a su madre y se fija donde su madre guarda
el dinero y saca lo que hay, a pesar de que su madre le indica que no lo haga.
Con el
dinero en su mano, corre los tres km. que lo separan del consultorio del
doctor.
Al
llegar, debe detenerse en medio de una sala llena de gente. Su ansiedad y
desesperación son indescriptibles.
Cuando
sale el doctor, se abalanza sobre el profesional y ya sus ojos están rojos.
Se
escuchan algunos gritos de protesta, pero el doctor pide silencio y hace pasar
al niño. Entre lágrimas y una voz casi ininteligible, cuenta el estado de su
madre.
El doctor
lo palmea diciéndole “calma”; le pide que espere un ratito, habla con su
secretaria, él prepara su maletín y sale con Alberto en busca de su coche.
Llegan a
la casa de Alberto y el doctor se dirige al dormitorio; revisa a la señora y le
dice a Alberto que hay que llevarla al hospital. Al llegar, el doctor da unas
instrucciones y luego se ve pasar corriendo a los enfermeros empujando la
camilla que lleva a la enferma al quirófano. Alberto se queda llorando en la
sala de espera, acompañado por una vecina que, generosamente, se había ofrecido
para acompañarlo.
Aproximadamente
a los 45’, salió el doctor y, dirigiéndose a Alberto dijo que había sido una
cirugía exitosa, pero que había que esperar a que su madre despertara.
Alberto
dijo a la señora que acompañaba a Alberto que éste necesitaba comer y
descansar. Él pasaría la noche en el hospital. Pero el niño no quiso irse, a
pesar de la insistencia del doctor y de su vecina.
Sin
embargo, luego de una media hora, llegó un cadete con comida que había pedido
el doctor y los hizo pasar al comedor del hospital. En ese agradable momento de
compartir la comida, todos recuerdan que justamente esa noche pasarían Los
Reyes Magos; entonces, Alberto dijo que él pedía la salud de su madre.
Ya en la
sala de espera, Alberto no tardó en dormirse abrazado por Dorita, su vecina.
Muy
temprano, el doctor se dirigió al quirófano. La madre de Alberto había
despertado. Después de revisarla, salió a decirle a Alberto que su mamá había
reaccionado muy bien y que la ambulancia los llevaría a su casa. Que estuviera
tranquilo porque iría a controlar a su madre en los días subsiguientes.
Alberto
le entregó todo el dinero que tenía al Dr. Kwing, pero éste se lo devolvió.
Durante
el viaje a su casa en la ambulancia, Alberto veía niños con los regalos que esa
noche Los Reyes les habían dejado en sus zapatos. Para sí mismo, se preguntó si
por su casa habrían pasado. Al llegar, lo primero que vio, en el umbral de la
casa, fue un par de zapatos de charol y, sobre ellos, ¡el regalo que había
pedido en su carta a los Reyes!!!!; además, un sobre que decía “ALBERTO”. Al
abrirlo, la siguiente nota:
“Para los
niños buenos, SIEMPRE pasan los Reyes Magos.
Firmado:
Los Reyes Magos.”
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