El debut
Amanecí con el deseo de probarme
el vestuario otra vez, pero ahora en mi casa, frente a mi espejo, con el tiempo
y la libertad necesaria para verme bien, completa, prestando atención a los
detalles. Necesitaba ese encuentro con el vestido, la capelina, los guantes,
las alhajas, los zapatos y el pañuelo. El atuendo que me permitía transformarme
en otra persona, trasladarme a otra realidad.
Quería practicar caminar,
sentarme, saltar, agacharme, realizar todos los movimientos para sentirme cómoda
y segura en el escenario y para poder ser Ella.
Jugar a no ser yo, a no estar acá, a desafiar el destino, a cumplir un sueño
propio y ajeno, uno que me viene de antaño, uno que llevo en la sangre.
Mientras me iba poniendo
cada prenda, me miraba al espejo para disfrutar de convertirme en Stella, la
protagonista de la obra de teatro que siempre quise hacer, aquella con la que
soñaba mi Nona Rosa. Empecé por
las medias finas, luego la blusa y el vestido. En ese instante me paré frente
al espejo para verme bien.
Verifiqué que no haya nadie
cerca y trabé la puerta de la habitación con la silla y la cajonera. Terminé de
ponerme el atuendo. Me miré por delante y por detrás inclinando el cuello lo
más que podía sobre mi hombro derecho. Quería verme toda completa.
Por suerte el espejo que heredé de mi papá es
enorme y aunque tiene algunas manchas, podía
verme de cuerpo completo. Mi imagen, pequeña y delgada, se reflejaba entera en él. Cuando me puse la capelina acabé
por ser completamente Ella y empecé a caminar como Ella lo haría. Me pareció que sería apropiado tener en la mano una
cartera pequeñita, como las que usan las señoras como Stella cuando salen a pasear por la ciudad. Busqué, pero no
encontré nada a mano, así que decidí no perder tiempo. Empecé a practicar el
parlamento. Decía la parte de Stella con
entonación y la del personaje de Pedro, rápido,
sólo para darme el pie a mí misma.
Disfrutaba cada vez que
decía: “quiero ser una mujer libre, hacer lo que desee, no atarme a un
marido, ni a una familia, quiero ser cantante y viajar por ciudades y pueblos
para encontrarme con gente distinta y conocer lugares nuevos”. Era el sueño
de Stella, era mi sueño y quizás será el de todas las generaciones posteriores
a mí.
Después de repetir tres veces
toda la escena, me tiré en la cama y empecé a sacarme con bronca las partes del
atuendo. Yo no era Stella, ni iba a ser actriz, ni cantante. El viejo me
llamaba porque era la hora de la cena. Le grité que ya iba, que estaba
terminando de coser. Volvía a ser otra vez Rosa. Miré
de nuevo al espejo al pasar y te vi, Rosaura, “mi nieta mayor”, te
vi lista para ser Stella. Estoy haciéndolo con vos, estamos haciéndolo juntas.

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