LA VEROSIMILITUD
EL HECHIZO DE LA MENTIRA
Para conseguir que el lector suspenda su incredulidad y se entregue sin reservas a los hechos narrados, debemos apelar a la mentira. ¿Pues de qué otro modo podríamos denominar a ese hechizo que consigue el escritor al conjugar las palabras exactas, los silencios oportunos, los hechos procedentes, los personajes adecuados, la forma, el tono, la sintaxis, sino como la elaboración de una gran mentira? El autor cuenta con palabras con las que construye un universo que el lector jamás dudará en considerar como real.
Los lectores tampoco cuestionarán las aseveraciones sobre un hecho fraguado en nuestra imaginación si asumimos el rol de hechiceros. Cualquier ficción será considerada absolutamente cierta. ¿Qué responsabilidad nos toca en todo esto?
Para conseguir la confianza del lector y el depósito de su fe, debemos construir un equilibrio tal entre lo probable y lo imaginado, que ninguna sospecha roce a nuestro lector. Si el fuera acometido, aunque más no sea durante un brevísimo instante, por dudas o molestias (¿pero quién es el que habla ahora?; esta descripción es muy larga; ¿no era que ese personaje había salido de la habitación?; no creo que un médico sea capaz de un acto semejante; este niño está pensando como un adulto; ¿esto era lo que dejó pasmada a la vieja?; un millonario no se comporta con tanta afectación; qué raro suena este adjetivo que pone acá) el hechizo se rompería y ya no habría modo de recuperarlo.
Tampoco habrá forma de recobrar su complicidad si se siente traicionado en alguna parte de la historia, como podría pasar en el caso de no haber recibido la información necesaria a tiempo, o de sentir que le ha sido mezquinado el acto de un personaje para conseguir un desenlace sorpresivo. Y, por el contrario, podemos asegurarnos su devoción absoluta aun en las historias más estrafalarias si nos hemos preocupado por brindarle el terreno firme por el que seguirnos en el recorrido de la historia.
QUÉ HACE FALTA PARA LOGRAR UN HECHIZO SEMEJANTE
Para esto debemos proceder con absoluta responsabilidad en la narración. Ningún detalle será librado al azar. Si decimos que un hombre es calvo o perteneciente a un ejército de extraterrestres, tendrá que quedar justificado (y demostrado) en el relato el porqué de esa elección.
Además de la construcción de los personajes debemos considerar las formas narrativas, quién cuenta lo que se cuenta, desde qué perspectiva, qué voz y tono dominan cada línea de diálogo, cuáles dominan los pasajes descriptivos. Es muy frecuente encontrar mezcladas las voces del narrador con la de uno de los personajes. Pongamos por caso que un narrador omnisciente, neutro, relata cómo una joven asiste a su primer recital. Y entonces leemos: La muchacha bajó del colectivo y se dirigió al auditorio. Centenares de jóvenes rodeaban el lugar con sus estrafalarias vestimentas. El hall reventaba de gente. Ese “reventaba” es propio del lenguaje de la muchacha rockera, no del narrador, que sólo debe ocuparse de relatar los sucesos. Con una palabra como esta podemos destruir el encantamiento que mantiene cautivo al lector.
El autor que quiera forzar las reglas de lo probable deberá preparar el terreno, anticipando las objeciones que levantará el lector legado a ese punto de la lectura y, atendiendo a este reclamo que aún no fue levantado, dispondrá de una organizada exposición de los hechos e información necesarias para que, cuando el lector se enfrente a ese escollo, pueda saltearlo con naturalidad, sin siquiera sospechar que ha debido saltar tan alto.
Por todo lo que estamos diciendo se verá que ningún acontecimiento real podrá mantener su categoría de verdad al trasladarse al terreno literario. En literatura lo real puede convertirse en disparate.
Y cómo sucede esto: pues por lo que antes expresamos; cualquier pensamiento de incomodidad en el lector mientras dure la lectura de esa historia, el más ligero deseo de saltar una oración para avanzar en los hechos, la mínima desconfianza en el carácter o el habla de un personaje, o la aparición tardía de un personaje principal en los hechos decisivos puede dar por tierra con el pacto de credibilidad.
Es imperioso por lo tanto someter nuestros escritos a cuantas lecturas críticas y revisiones sean necesarias para dejar en pleno equilibrio ese mundo que conseguimos inventar. Esto permitirá que el hechizo se produzca.


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