La promesa
Me
preparé para el ascenso durante tres meses. Fui al gimnasio y entrené corriendo
con el grupo de la siesta. Tenía que cumplir con la promesa porque Luciana se
había curado. Hacía dos años que tenía pendiente la expedición. Sentía que
tenía que hacerlo, estaba disfrutando del sacrificio porque realmente creía que
mi fuerza era parte del logro de la recuperación de mi amiga. Ella logró vencer
un cáncer o al menos salir bastante ilesa de esa situación.
En ella y
en el amor y felicidad que me provocaba estar a su lado, pensaba cada vez que
tenía que hacer sentadillas o correr eternos minutos. El día se acercaba y yo
me sentía con fuerzas para enfrentar un desafío que nunca creí desear hacer.
Iba a escalar el cerro Ventiluna, el más alto de la cordillera de los
Teniyales. Esa había sido mi promesa y sólo lo haría para cumplirla.
Una
mezcla de sensaciones extrañas, me acompañaron ese día. Llegué temprano, sola a
la base, con todo mi equipaje puesto y con pocas ganas de hablar. Me encontré
con el grupo de compañeres que formaban parte del equipo. Elles estaban todes
emocionades y no paraban de hablar y hacer comentarios sobre los miedos y las
dudas. Yo solo quería que empezáramos el ascenso para darle un fin a esto.
Cuando
comenzamos me sentí con fuerzas, iba siguiendo meticulosamente todos los pasos
aprendidos: un paso con el pie, acomodar el arnés, un paso con la mano,
buscando primero un agarre útil y así sucesivamente. Luego de una hora, empecé
a cansarme y a sentir molestias en los dedos. Éstas se convirtieron pronto en
dolor. Me costó mucho seguir, pero pensaba en que Luciana estaba viva y me
convencía de que tenía que llegar. Varios del equipo desistieron. Yo disimulaba
mi malestar. No podía no lograrlo.
Con mucho
esfuerzo pude trepar los últimos metros del cerro y empezar a sentir el viento
fuerte de la cima, la intermitencia de los movimientos provocados por la fuerza
que debía contrarrestar, el olor a pasto y nieve. Cuando apoyé todas las palmas
de las manos en la cornisa, puse todo el peso de mi cuerpo sobre los brazos y
me tiré sobre el pasto boca arriba. Lo primero que vi, al abrir los ojos fue el
cielo y me dediqué a contemplarlo: celeste, puro, con solo algunas débiles
nubes desparramadas. Sentí el calorcito del sol que trabajaba para llegar hasta
mí y darme energías. Estuve un rato en esa contemplación, pensando en Luciana y
en el esfuerzo, sentía cada uno de los músculos del cuerpo tensionados y
cansados, pero vivos y vibrando porque el esfuerzo se unía con el amor y con la
vida.
Al rato,
me puse de pie para descubrir el lugar en el que estaba. Ni bien me enfrenté
con él me maravillé. Sentí un estremecimiento que sacudió mi cuerpo, todo era
verde y blanco. Una sensación de paz me invadió. La brisa del viento acariciaba
el pasto y lo movía en conjunto y rítmicamente hacia un lado. Esparcidos por
diferentes lugares había manchas de nieve blanquísima que contrastaban con el
verde del pasto y el celeste del cielo. El silencio y el paisaje me ofrecieron
una inmensidad que permitieron que me hunda en mis sentimientos olvidándome de
todes les que estaban conmigo. Comencé a caminar buscando explorar el exterior
y el interior de ese momento.
Mientras
intentaba desplazarme frente al viento, de cara al sol y llevando a cuestas mis
músculos doloridos, pude descubrir lo minúsculo que intentaba vivir en ese
ambiente, encontré mínimas flores que intentaban emerger entre el pasto y dotar
de un color alilado al verde fuerte predominante. Vi manchas negras en la nieve
y comprendí que eran pequeñísimos bichos que caminaban sedientes, que con sus
diminutos pasos y la ayuda del sol convertían a la nieve en agua. Alcé la vista
y volví nuevamente mi cara al sol y le entregué todo mi cuerpo para que le
devuelva la energía perdida para volver a comenzar. El descenso, ahora al
abrazo de mi amiga que me esperaba abajo, viva y fuerte.

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