La mutación
Estábamos preparándonos para el
año de la mutación. Cada familia arrastraba sus antepasados momificados y los
depositaba en la Cueva de los Deseos. Todos debían estar ahí para que la
mutación salga bien y podamos seguir viviendo, adaptándonos a cada nueva forma.
Los antepasados juntos,
representando la reunión original, eran la ofrenda que brindábamos para mejorar
nuestras presencias. Esto ocurría cada ciento siete años y yo tenía la suerte
de experimentarlo.
Estaba nerviosa y atareada con
el traqueteo de trasladar a los antepasados. Nos ayudábamos con los hermanos,
primos y vecinos. Pero el trabajo era mucho. Además, teníamos que cuidar a los
niños que se ponían a jugar con las momias sin entender la fragilidad que las
caracterizaba, ni la importancia de su cuidado. Así que, mientras trabajábamos
íbamos explicando a los más nuevos de las familias, qué era lo que estaba
ocurriendo.
Era mucho esfuerzo y nerviosismo.
La ansiedad de no saber cómo seríamos el año próximo jugaba en contra. Nos
pasábamos las noches contando historias de mutaciones incompletas o
extremadamente incómodas, como la de aquel enano al que le salieron alas, pero
como era tan pesado nunca pudo volar; sin embargo, las alas no pararon de
crecerle y le hicieron imposible desplazarse de cualquier manera. O de aquella
viejita que mutó a mariposa, pero no había aprendido a chupar el néctar de las
flores así que murió de inanición a los pocos días de la mutación. También se
contaban historias de mutaciones fallidas, como la del joven que quedó siendo
hombre, pero con la trompa de un elefante. El pobre no encontró cómo seguir
viviendo, la trompa le molestaba para comer y no era aceptado en ningún grupo,
así que terminó yéndose al desierto, suponemos que a morir.
Decían que esos errores eran
consecuencia de un reproche de los dioses por el mal estado de los antepasados
o porque éstos no fueron capaces de acordar en las asambleas.
En eso estábamos cuando se
acercó el momento. Yo dejé de dormir y comer los últimos cinco días del año. El
nudo en el estómago no me permitía tragar bocado y me pasaba las noches
imaginando mi propia mutación y mi propio futuro. Repasando los modos en que
habíamos dejado a nuestros anteriores, implorando que esta vez todo funcione.
Me preguntaba cómo sería mi
nueva forma y mi nueva familia. Y esos pensamientos daban vueltas en mi cabeza
todo el tiempo.
El primer día del año de la
mutación, decidí dejar de pelear contra el insomnio y me levanté apenas
despuntó el día. Recorrí con la vista todo mi cuerpo buscando la novedad. Como
no encontré ninguna me dirigí al centro de la casa, fue ahí cuando me miré en
el espejo y vi que en mi ojo derecho se retorcía una serpiente. Me quedé
mirando firmemente el espejo y empecé a sentir la transformación: primero las
piernas y los pies se convirtieron en diminutos palitos que no podían
sostenerme, hasta que mi torso se achicó siendo ahora una especie de panza de
la que salieron plumas y mi cabeza se empequeñeció tanto que ya no pude pensar.
Vi mi rostro diminuto conteniendo
dos ojos marrones con unas hermosas pestañas. Del derecho salió la serpiente
que comencé a devorar con mi boca devenida pico. Mientras mi pelo se agrupaba
para ser una cresta elegante. Vi la serpiente que se retorcía mientras me la
comía. Creo que esta vez, todo había funcionado, los dioses contentos, me
habían otorgado un nuevo modo de estar y me agradaba.

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