El monje corregido según sugerencias

 


El monje y el río. (agosto, 2022)

12 de enero noche

 

Cuando recibí la esquela me quedé perplejo. Me ordenan retirarme del monasterio y recorrer la ciudad hasta llegar a su extremo norte. Luego dirigirme a Ugasta, la ciudad vecina, en el transporte público para encontrarme allí con Jabut, un joven monje que necesitaba mis consejos de anciano. Tengo órdenes de no dialogar con nadie, apenas lo indispensable para poder llegar hasta Ugasta. 

Un escalofrío recorrió mi cuerpo de pies a cabeza y viceversa. Las ideas se estrellaban en mi mente no sabiendo qué rumbo tomar. Tuve que apoyarme en la pared que separa el ingreso de la sala de meditación para no caerme. No podía quitar los ojos del papel. Leía y releía sin poder entender: ¿por qué, luego de dieciocho años de clausura, debía salir?

 

12 de enero madrugada

 

En el techo de la habitación, intenté encontrar alguna respuesta. Me pasé la noche boca arriba, quería descansar, pero no lo lograba. Los músculos de mi cuerpo viejo pero indemne, se tensionaban de una manera desconocida, el estómago me reclamaba algo que no lograba descifrar, y la impaciencia se adueñó de mí.

En lugar de respuestas encontré más preguntas. ¿Qué le pasaría a este joven monje? ¿Tan importante sería su persona como para sacarme de mi lugar? ¿Encontraría el modo de llegar a Ugasta? ¿Cómo soportaría el aire y el sol, el viento o hasta la lluvia? ¿Por qué me habían elegido a mí?

 

13 de enero

 

Levantado desde antes de las cuatro, intenté iniciar mi rutina diaria. Tenía que salir a las ocho y eso me impediría realizar las meditaciones de media mañana, el aseo semanal de mi dormitorio, y la preparación de la fruta de estación para los dulces.

Intenté realizar la meditación inicial. Tuve que poner en práctica todas las técnicas de concentración que había desarrollado durante estos dieciocho años, porque no me fue fácil, como lo era habitualmente. Cuando lograba poner la mente en blanco y conectar con mi espíritu, la imagen de la carta se aparecía en mis pensamientos. Luego de un buen rato, decidí abandonar la meditación.

Los demás monjes vieron cómo mi cuerpo no lograba la quietud y el remanso necesarios y acostumbrados. Sentí que me observaban por debajo de sus capuchas. Me incomodé, así que me retiré y comencé con el aseo semanal de mi habitación para intentar distraerme. Era eso lo que pedía mi cuerpo.

 

13 de enero 8 hrs.

 

Cuando se hizo la hora, me dirigí al ingreso del monasterio. Atravesé los pasillos y los patios y sentí en la nuca la mirada acusadora de todos los monjes, pero no les di importancia. Solo estaba concentrado en mi deber. Tengo que retirar un sobre con más instrucciones. Lo tomé, miré un mapa dibujado y me dirigí con seguridad hacia el picaporte de la enorme puerta.

Sentí que las piernas me temblaban. Tuve que hacer mucha fuerza para poder abrir la puerta, tomarla con las dos manos y realizar un movimiento de pivot con las piernas. Ese esfuerzo me distrajo, no pude sentir el viento que se metió en el monasterio y me sacó la capucha. A penas pude librarme de la puerta, me paré de espaldas a ella del lado de afuera e intenté recomponer mi forma y mi vestimenta. Corría un viento helado, propio de enero dicen, que penetró mi rostro y me hizo sentir muy vulnerable, casi dolorido. Me detuve un poco a observar con cuidado. Algunas gentes pasaban apuradas por la vereda del monasterio, sin siquiera tomar registro de mi inquietante presencia. Otros pasaban por la vereda del frente, más indiferentes aún a mi cuerpo sufriente.

Los miraba con temor y con curiosidad, no quería que se dieran cuenta que yo estaba ahí, sufriendo como nunca el frío penetrante de ese viento helado. Respiré profundo varias veces y comencé a caminar. Lo hice instintivamente hacia la izquierda olvidando las indicaciones del mapa. Caminé lentamente, mirando asombrado el movimiento de la ciudad. Las calles empedradas, cada vez más gentes caminando apurada, abrigada, intentando luchar contra el frío. Negocios iluminados como si fuera de noche, exhibían diferentes artículos que me llamaron la atención. Creo que, si alguien me hubiese visto, se habría sorprendido del tamaño de mis ojos queriendo abarcarlo todo. Si alguien hubiese escuchado mi corazón se habría inquietado por la fuerza y rapidez con la que golpeaba mi pecho. Si alguien me hubiese olido, se habría espantado por lo nauseabundo de la transpiración que emanaba producto del calor que sentía por dentro y que contrastaba con el frío exterior.

 

13 de enero 9 hrs.

Creo que caminé de esa manera durante más de una hora. Siempre derecho, sin recordar mi mapa, ni a Jabut ni a Ugasta, solo observando y sintiendo. Variados olores llegaron a mis narices. Algunos lindos, otros repugnantes. En el recorrido, descubrí que el sol asomaba fuerte en los lugares sin edificios, y me acerqué a ellos en busca de calor. El contraste de la alta temperatura interna, con el frío exterior hacía que este último fuera más poderoso. Sentí algo de placer al recibir los rayos de sol sobre mi capucha y me animé a mostrarle mi rostro al astro poderoso.

Poco a poco empecé a relajarme y a entregarme a esas sensaciones que invadían todo mi cuerpo. A dejarme llevar. Decidí sin muchas vueltas, tirar el mapa en un cesto de basura que descubrí a unos metros de mí y dentro mío empecé a sentir que iba a desobedecer.

Me animé a doblar hacia un lado y hacia el otro. Comencé a notar diferencias entre una calle y otra. Dejaron de verse tantos comercios y comenzaron a aparecer casas de diferentes tamaños y formas. Menos gentes en las calles, veredas más anchas. Volví a doblar varias veces más. Estaba totalmente perdido, confundido, las palabras de la esquela se me aparecían en la mente: “Ugasta, la ciudad vecina”; “el joven monge”… Pero una sensación extraña empezaba a apoderarse de mí. Mis pies pisan más fuerte, el ritmo de la caminata se aceleró, mi cuello se movió más libremente de un lado al otro, tumbando la capucha para siempre de mi cabeza. En un momento, no sé por qué, ni cómo, pero mis piernas empezaron a correr y de repente sentí un sonido puro, limpio pero firme y contundente. Seguí el ruido, sabía hacia dónde me dirigía. Corrí cada vez más rápido hacia él, hasta que llegué. El río descargaba la fuerza de su caída sobre las rocas y su furia hacía que el agua desbordara y salpicara.

Decidí no cruzar el puente y bajar, caminado despacio, con el ritmo de la respiración aún acelerado por la corrida. Me acerqué al río tanto como pude y me senté a su lado. Olvidé qué hacía allí, de dónde venía y hacia dónde iba. Sólo tenía la certeza de que allí quería estar.

Comentarios

  1. Me gustó ese giro que le diste con los dos primeros párrafos de la última parte del relato. Esa decisión que determina el andar del personaje y su "desobediencia" es crucial que esté contada y presente en el texto, y lo incorporaste muy bien.

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