La descripción
NO ACLAREN QUE OSCURECE
Es bastante común que los autores novatos comiencen un relato haciendo una introducción o descripción del estado de ánimo que les llevó a contar la historia que van a relatar. Y ponen en ella una serie de elementos descriptivos de sus emociones. Por ejemplo:
Quince años después de lo sucedido me encuentro esta noche extraña de luna clara, sin viento, frente a la imperiosa necesidad de contar lo que pasó. Ya no puedo evitarlo, no después de hoy. Me levanto con decisión, me siento ahora frente al papel y comienzo, sin poder evitarlo: Esa madrugada yo había estado bebiendo... Y allí, recién después de los dos puntos, se larga el relato en cuestión, relato que en ningún momento vuelve al presente con el que se inició, a esa noche en que el narrador se ve en la imperiosa necesidad de contar la historia ocurrida quince años atrás. El lector, influido por esa introducción, espera durante toda la lectura la vuelta al presente, para ver de qué forma modificó al protagonista lo sucedido —esa noche o a partir de esa noche— y cómo terminó esa noche. Pero no hay vuelta, y el relato entonces queda con un pie sumergido en un presente falso cuando podría nadar sin ahogarse en esa madrugada pasada. Decimos entonces que en ese texto sobra la introducción. Se ha arrojado una pista falsa al lector, que abola la redondez de la estructura y la forma.
En narrativa no hay que explicar por qué se cuenta lo que se cuenta, salvo que lo exija el mismo relato, la elección de un tipo de narrador que mantenga un cierto vínculo con el lector y a él le brinde sus razones. Pero si este no es el caso, es mejor pescar a los personajes en su actuar o decir, que explicar por qué se va a referir el narrador a ellos. Por eso la descripción de un personaje o un escenario tendrá solo los elementos indispensables para la comprensión de la historia, y dejará la posibilidad al lector para que complete, con su imaginación y vivencias, todo aquello que no se le impone pero se le sugiere.
DECIR LO SUSTANCIAL, CALLAR EL RESTO
La sencilla regla que se menciona en este título (vale tanto para las descripciones como para las acciones) por lo general termina siendo invertida. Así, en los textos sin consistencia ni elaboración, los datos importantes, los que construyen al personaje o la situación, no se revelan y sí se exponen con exceso los canjeables, los que pueden faltar sin modificar el conflicto o la historia. Ocurre también que estos datos fundamentales permanecen muchas veces ocultos, sin intención (que no es lo mismo que organizar su aparición con alevosía, ir soltando pistas dentro de la estructura de la historia, a fin de mantener en vilo al lector, de potenciar el dramatismo y la tensión del relato). ¿A qué nos referimos cuando decimos ocultos sin intención? A un error frecuente cometido por el autor que bien se ha empeñado en conocer y profundizar en la vida del personaje. Tanto ha sido su acercamiento a esa existencia imaginada que pierde de vista que todo ese proceso de intimidad se ha dado sólo en su mente y que lo que conoce, o conocerá, el lector de toda esa vida del personaje será apenas una parte. Por consiguiente, puede olvidar el pequeño detalle de hacerle saber al lector de quién está hablando.
Un ejemplo concreto sería calar el dato de que el protagonista es un huérfano que ha vivido toda su infancia en instituciones en un relato donde el conflicto alude directamente a una actitud de desconfianza del protagonista hacia las instituciones en general. Si su pasado no está sugerido de algún modo (alcanza a veces con una simple frase, no hay que narrar los años de internado completos), el lector no podrá inferirlo, porque lo corriente no es la orfandad sino la infancia en la que han estado padre y madre presentes, por tanto, a menos que se le dé el dato al lector, este leerá otra historia y el relato perderá el sentido, nuestra historia será desvirtuada. Pero, en la mayoría de los casos, la falta de datos es, en el principiante, adrede, y lleva una intención equívoca: que el lector adivine (como si el lector estuviera apostando por su propia sagacidad o buscara sorpresas fuertes). Y entonces se retacean datos importantes y los superfluos aparecen con generosidad provocando el deseo en el lector de saltearse información para ir a lo concreto, es decir, avanzar en la narración, saber qué pasa. La regla —en caso de haberla, aunque se trata más bien de sentido común— sería: hay que contar lo que se debe contar y obviar lo superfluo. Qué sencillo parece. No lo es. Son muchos los relatos en los que, por ejemplo, se nos describe al personaje en sus señas fisonómicas pero no se nos dice que era un tímido patológico, por lo que nos pasamos la mitad del relato pensando por qué este tipo tiene estas reacciones increíbles, como dejar a toda su familia esperándolo en la casa la noche de su cumpleaños. Si tenemos ocasión de preguntárselo al autor, contestará: Ah, pero es que se trata de un hombre retímido, no soporta la atención puesta sobre él, es capaz de no recibir una carta porque le da vergüenza firmar en la planilla delante del cartero; lo que pasa es que cuando él estaba en tercer grado tuvo que hacer el papel de prócer delante de toda la escuela y cuando levantó el sable... y nos contará la historia desopilante de ese hombre, a la que jamás hizo mención en el texto. Volvemos a insistir: ningún libro viene con un cd explicativo, y es tarea del autor ir llevando al lector de la mano por toda la historia, no largarlo en un bosque oscuro y decirle: Bueno, fíjate bien, porque en algún lado va a estar el dato clave, vos tenés que estar atento a cada ruido, a cada pista.
LOS EXCESOS DEJAN AL LECTOR AFUERA
Hernán se presentó ese día en la oficina de registros. Era rubio castaño oscuro, de pelo brillante. Tenía veintiséis años y había nacido en la ciudad de Pehuajó, donde su abuelo supo tener en los años cincuenta un negocio de compraventa de electrodomésticos. Hernán tenía el cutis suave, sin ninguna marca de adolescencia y casi sin arrugas, un poco opaco por la falta de sol. Lucía una pequeña barbilla candado que afeitaba cada tres o cuatro días frente al espejo del botiquín del departamento donde vivía con un amigo mientras cursaba con esmero la carrera de abogacía en la universidad estatal. Vestía siempre con remeras oscuras y jeans, y llevaba zapatillas de buena marca, pero ese día apareció con un saco cruzado, de color azul y botones oscuros, con rectas hombreras, sobre unos pantalones color gris de franela, bien planchados. Llevaba una corbata al tono y sus zapatos abotinados brillaban, lo que llamó la atención de la recepcionista. Los ademanes y movimientos de Hernán parecían torpes e inseguros, delatando la incomodidad propia del que no suele vestirse de esa manera.
Si tengo preparada una descripción como esta para hablar de un personaje debería preguntarme si es importante que mi personaje tenga veintiséis años o veintisiete o treinta, si es importante que haya nacido en Pehuajó o da lo mismo que lo haya hecho en Goya, si es importante que estudie abogacía o contaduría, si es importante que su barbita sea candado, si es importante que se llame Hernán, que su abuelo haya vendido electrodomésticos o escobillones o repuestos de auto; en fin, debería pensar con cuidado cada elemento descriptivo, a riesgo de que mi lector se quede fuera del clima del relato. Quizá finalmente solo necesite darle al texto esta sencilla descripción:
Hernán no apareció en la oficina de registros vestido como siempre —esa forma casual, cómoda, de los estudiantes universitarios—, sino con un traje impecable que resaltaba su aspecto serio y que parecía delatarlo en su incomodidad. La recepcionista se quedó mirándolo con sorpresa.
Acá, la descripción no ocupa el papel estelar de lo que sucede, de la acción que tengo o quiero contar, sino que se pone al servicio de ella, destacando lo más importante: el cambio de aspecto y actitud en ese muchacho. Se cala lo obvio o lo que no construye el relato, lo que no suma ni apuntala la acción, pues no es necesario haber nacido en una ciudad del interior para poder cambiar de atuendo de un día para otro; tampoco, y a menos que se lo señale expresamente, como en el caso anterior de la orfandad, nadie va a imaginar a un universitario como un hombre de cincuenta o sesenta años, por lo general suele asociarse a la idea de universitario a un muchacho joven. La barba candado era simplemente un detalle para mostrar que era estudioso, pero puede decirse lo mismo sin barba, y en cuanto a los detalles de vestuario, seguro que el imaginado por el lector en la segunda descripción no estará muy lejos de la del primer caso. Además, para vestir a ese personaje, apelará a sus vivencias, a su conocimiento o experiencia o a su imaginación, y quedará así, definitivamente enlazado con el relato que lee de un modo mucho más eficaz que si le describiéramos el color del traje o el pasado de su familia en particular. El exceso de información no solo se da en las descripciones, también sucede, y mucho más frecuentemente, en los diálogos de algunos autores principiantes.


Comentarios
Publicar un comentario