Maribel
Maribel, esa sí que era una loca, pero loca linda. Para el loquero no calificaba, pero era un peligro que circulara suelta entre nosotros, los supuestos cuerdos del pueblo.
Ya nadie recordaba cuántos años tenía realmente Maribel. Todas las generaciones la conocían. El tiempo había sido muy generoso con ella, solo había tallado en el lado izquierdo de su rostro una única arruga, profunda y larga, que iba desde el ojo hasta el mentón. Esta arruga era producto de un tic nervioso que, en los días de humedad, lo acompañaba con un rengueo pronunciado de la pierna izquierda (no queda claro si el rengueo es a causa del tic o si se trata de condiciones que no tienen relación entre sí, al menos hasta esta parte del texto).
Su pelo siempre lucía a la moda, a la moda de 10 diez años atrás. Doña Aidé, peluquera oficial del pueblo, solo tenía revistas que adquiría en la compra y venta de libros usados. Pero como Maribel no sabía leer elegía su corte como si fuera el último que se exhibió en las pasarelas de París.
Sus prendas eran un disparate, un destello de color, texturas y glamour. Doña María Luisa, viuda del Comandante Coronel Fernández, era la encargada de juntar toda la ropa que a sus hijas ya no le quedaban y se las regalaba a Maribel. Semejante despliegue de sofisticación en su atuendo despertó en ella un fino sentido de lo estético. Tal es así que solo vestía ropa combinable con sus zapatos, collares, anillos y carteras. Accesorios todos provistos por las Fernández, claro está. (Por tratarse de un cuento, tal vez convenga usar la menor cantidad de personajes posibles, sólo los trascendentes para la trama. Es decir, no darle nombre y apellido a personajes que no hacen a la historia, que el lector no debería recordar. Con mencionar la peluquera, la viuda del comandante, etc. es más que suficiente. De esta manera se refuerza el protagonismo de los que sí hacen a la historia)
Los más ancianos cuentan que su la locura de Maribel comenzó cuando Maribel era apenas una niña. Fue un Jueves Santo cuando un caballo, rebelde y asustadizo, arrojó a Maribel barranco abajo. Se salvó de milagro. Había sufrido Sufrió un fuerte golpe en la cabeza y otro en la cadera cuando rodó . Rodó sobre unas rocas, hasta quedar atrapada entre las ramas de un arbusto bien espeso que evitó su caída a las aguas de un río traicionero y caudaloso (Invertiría el orden de los adjetivos: “caudaloso y traicionero”, para acentuar el segundo sobre el primero) que corría a unos pocos metros (no haría falta esta aclaración porque el lector podría suponer en base a lo que se dijo antes). Permaneció inconsciente unas cuantas semanas, y cuando despertó ya nada fue igual.
En Al principio presentó una renguera pronunciada, luego desarrolló un tic nervioso que la hacía contraer rítmicamente el ojo izquierdo y después aparecieron los ataques de hipo tras vivir una emoción intensa. Hasta que por fin, su padre advirtió que los años pasaban y la mentalidad de la niña se había congelado en el tiempo.
Así es como anda ahora Maribel entre nosotros, con su rostro atemporal, su andar descuajeringado y su personalidad mentalidad de niña. Su padre murió hace tiempo ya, pero no quedó sola; todo el pueblo la quiere y la cuida como a una hija. Vive con unas tías, muy viejitas y simpáticas, aunque Maribel insiste cree en que son primas del campo que están de visita y que en unos días se marcharán.
Ella, su bicicleta roja, su atuendo estrafalario y su risa despampanante le dan un tinte pintoresco a nuestro pequeño poblado. Atraviesa las calles a toda velocidad y muchas veces va a parar contra un paredón o un poste de luz y cae despatarrada en el suelo. Todos se apuran por socorrerla, pero ella solo se muestra preocupada por el ramo de margaritas que lleva en su canasta. “Son para mi mamá. Usted sabía que mi mamita murió cuando yo nací. Papá siempre me decía que desde ese día ella es un ángel que me cuida- es una historia que repite sin cansarse, como si fuera la primera vez que la cuenta- Por eso nunca me pasa nada, porque el ángel me cuida- y muestra su rodilla sangrante- Me lastime, pero no me quebré ni un hueso”. Acomoda sus margaritas en la canasta, se sacude un poco el vestido y sale nuevamente. “Me voy al cementerio a charlar un poco con mamita, adiós”.
Un Ddomingo, en la puerta de la Iglesia, Maribel acompañaba al cura párroco a la salida de misa. Se acercaron a saludar a los recién llegados al pueblo: una viuda de tristeza notable junto a sus dos hijos: Cintia y Ernesto.
-Qué tímido su hijo, señora- dijo la desfachatada Maribel a la señora.
-El Dr. Ernesto tubvo un problema de salud en la ciudad, y lo han traído al campo buscando tranquilidad para él- se apuró a responder el Sacerdote.
-Ernesto ha sufrido un ACV -respondió gentilmente la viuda mientras empujaba la silla de ruedas de su hijo Ernesto por la rampa de la Iglesia.
-Esperamos que aquí recupere la sonrisa y el habla -agregó Cintia, la hermana del joven.
Pero Maribel entendió que Ernesto había tenido un problema con el ABC. “Yo le enseñaré a leer a este tal Ernesto”, dijo mientras repiqueteaba el dedo pulgar sobre su mentón.
Pasaron algunos días hasta que/ Luego de unos días/ A los pocos días No pasaron muchos días cuando (para darle un buen ritmo de lectura al texto, siempre conviene arrancar los párrafos con oraciones que den certezas por más que no expresen exactitud, es mejor iniciar con una oración afirmativa que con una negativa) Maribel se presentó en la casa de los recién llegados. “Vengo a ver a Ernesto, le traigo unos regalos”, dijo mientras sacaba de su mochila floreada unos libros ilustrados y de tapa dura. Pasó por delante de la viuda y se sentó al lado del muchacho Ernesto que contemplaba una taza de té frío y abandonado, junto a un plato de masas finas sin tocar que nadie había tocado.
-No ha querido merendar -comentó Cintia preocupada.
-Ah, no. Así no -dijo Maribel mientras tomó con torpeza una masita rebosante de dulce de leche y coco rallado, y la puso sobre el labio de Ernesto -¡Vamos! Si no comes, no hay cuento.
Ernesto frunció ligeramente el ceño. Maribel empujó con insistencia la masita hasta que Ernesto no tuvo más remedio que abrir la boca y masticar.
(habría que unificar el criterio de los diálogos, está bien que en algunos casos se incorporen los dichos o pensamientos de Maribel al cuerpo del texto, justamente porque no entabla conversación con nadie más, pero en este caso sí, así que debería ponerse entre guiones de diálogo)“Así me gusta, ahora sí” dijo Maribel mientras habría su libro para prelectores “El Hada Jacinta aprende a contar”. Gesticulando con esmero, sobreponiéndose a su tic nervioso y sin saber leer, esa tarde le leyó a Ernesto un cuento encantador.
“Esta es la historia de una pequeñísima Hada, …audaz y valiente,… que se escondió entre las sábanas de un Ogro, gritón, gruñón y muy feo para contarle un cuento de amor al oído mientras dormía -narraba Maribel con fervor- Las palabras del Hada fueron tan dulces que ablandaron el corazón endurecido del Ogro. A la mañana siguiente la bestia se había convertido en un inofensivo espantapájaros amigo de las aves”. Maribel había repetido de memoria un cuento que su padre le contaba a ella desde que era muy pequeña hasta unos días antes de morir.
Fue entonces cuando Ernesto esbozó su primera sonrisa en mucho tiempo. Su madre solía contar que había dejado de sonreír incluso unos meses antes de sufrir el Accidente Cerebro Vascular, cuando un rictus serio y preocupado se apoderó de su expresión. Con esta enfermedad Ernesto había perdió el habla y la mitad de su rostro se entumeció. Sin embargo, aún podía leer. La ternura de Maribel inventando una historia (sabemos que era una historia que Maribel se la sabía de memoria porque su padre se la contaba siempre, ella no la había inventado. Entiendo que la idea que se quiere expresar es la de su astucia infantil para captar la atención de Ernesto, en este caso podemos reformular la oración así: “El ingenio de Maribel al contarle una historia que sabía de memoria, simulando leer”) lo enterneció de tal forma que le robó un trazo de sonrisa benevolente.
La última vez noche que el Dr. Ernesto pasó en su departamento de la ciudad, no durmió. Toda la noche había estado preparando un alegato frente a su computadora. Luego lo imprimió, y sin desayunar, se metió en el metro rumbo a Tribunales. Pero nunca llegó. Una ambulancia lo llevó a toda prisa hasta el hospital y lograron salvarle la vida. El estrés, las exigencias de su profesión y un mal de amor dejaron en jaque sus sueños, sus proyectos personales y su intelecto. (acá el narrador, que venía acompañando a Maribel en todo el relato, salta al pasado de Ernesto, tornándose omnisciente. Probaría prescindir de estos párrafos y ver si la historia sigue funcionando igual)
Desde aquella tarde Maribel lo visitó a diario, sin falta. Siempre le llevaba algún regalo que recogía en el camino, unas flores silvestres, piedritas de colores u hojas secas.
Con el correr de los días, Ernesto recuperó el apetito y Maribel, con un poco de esfuerzo, logró comprender la diferencia entre el ABC y ACV. Ernesto practicó y practicó hasta balbucear el nombre de Maribel, quien le correspondió con un ataque de hipo.
Ernesto no solo volvió a sonreír, sino que rió ahora reía a carcajadas entrecortadas cuando cada vez que su amiga se alejaba en el horizonte a toda velocidad montada en su bicicleta roja y el viento atrevido le soplaba el vestido hasta taparle el rostro por completo.
Dany, es un buen relato. La manera en la que se van enlazando los sucesos de la historia en el momento en que esa voz narradora les da vida es muy interesante y llama la atención de quien está leyendo. Te dejamos algunas sugerencias y comentarios en el cuerpo del texto para seguir trabajando con este lindo cuento.

Gracias Profes!!! Me encantaron las observaciones. Lo voy a dejar descansar una semana para aplicar estas correcciones y también pensaba en enfatizar la figura del narrador. Estaría bueno tambien ejercitar los tiempos verbales...la historia de presta ...Veremos si lo logro, jeje !!!
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