"Miradas" - Natalia

 


Miradas: 

A penas abrí la puerta, me pasó la vida delante de los ojos. Supe que era el final. Sentí que el pecho se me apretaba. Pensé en salir corriendo, pero mi cuerpo no escuchó la orden del cerebro y se quedó paralizado, como esperando la bala. Me desplomé al instante en que Ramón disparó. 

No nos queríamos desde changuitos. Él siempre me envidiaba lo que tenía. A mí me querían todos en el barrio: las doñas, las pibitas, los pendejitos como nosotros. Yo era el líder de la bandita y eso a él le hinchaba las pelotas. Yo me daba cuenta porque siempre estaba ortiva conmigo, y en los fulbitos siempre me pegaba patadas. Pero como yo era el más querido, todos terminaban agarrándosela con él.

Él es bueno, nunca cayó en cana, como yo. Y supo aprovechar el tiempo de mi ausencia para ganar fama en el barrio. Empezó a vender falopa y a entrar en los grupos de las esquinas. Así se hizo querer. 

Pero se le acabó la joda, cuando volví y conseguí una parte del negocio por mis contactos de adentro. Él no se lo bancó y empezó a bardearme por la cuestión de las zonas. Nunca le di bola. Hasta que se apareció en mi cuadra y comenzó a gritar. Me la juró, me dijo que me iba a matar. Yo lo ninguneé, le dije que no tenía huevos para eso. Que hay que se macho para tener un fierro y que él era una putita barata, perro del Raúl, “el poronga” del barrio. Toda la cuadra escuchó mi desplante. Yo me hice el fuerte, lo miré a la cara, lo desafié, lo esperé y me metí en las casas. Pero al verlo a los ojos, supe que lo iba a hacer, sabía que me iba a matar. 

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¡Cómo se va a meter con el Emi! ¿Está loco el Ramón? El Emi es buen pibe, todos lo queremos acá en el barrio. ¿Qué hace el Ramón? ¿Por qué le dice todo eso? Acá el que manda es el Emi. De chiquito que es el pluma de la banda de los pendejos. Desde la cárcel, les mandaba mensajes y todos iban a visitarlo. Si lo adoran todos al Emi. ¿Qué le pasa al Ramón? ¿Qué se piensa? Seguro que anda metido en la droga o en algo raro, porque mirá como tiene los ojos, mirá el odio que destila el guacho. Pero mirá que meterse con el Emi que no le hace mal a nadie, que tiene a todas embobadas con esos ojos verdes y esa piel marrón. Les sonríe a las viejas y a las pendejas y todas caen muertas por él. ¡Hay Ramón! ¡En la que te metiste! Tiene razón el Emi, no tenés huevos para matarlo. 

Se vé que anda en la droga, porque le dijo que era perro del Raúl. Y la droga los pierde a los changos, ya no son los mismos. Se desconocen entre ellos, se olvidan de la vida que pasaron juntos y se olvidan de qué están hechos. No se dan cuenta que son uno, el otro. 

Cuando se acabó la pelea, el Emi se metió adentro, yo me iba de vuelta para entrar a las casas y lo vi clarito clarito. Vi atrás y arriba las caras gigantes de los transas chetos cagándose de la risa. Le vi los hilitos con los que manejaban cada uno al Ramón y al Emi. 


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