Ejercicio N° 1: "Tema, argumento y trama"
Tema elegido: El desamor
Argumento 1:
Una mujer joven
siente que no es querida, no se siente aceptada en su grupo de amigues, ni por
sus parejas. Busca entre diferentes opciones sexuales, pero sólo encuentra
rechazo y desvalorización. En el proceso de búsqueda, se descubre a sí misma,
su pasado y sus expectativas, reconoce lugares oscuros en su memoria. El
develarlos, le permitirá sentirse amada.
Argumento 2:
Una mujer joven
madre de 4 hijos no soporta la maternidad, intenta huir de las demandas de sus
hijos. No tiene cómo mantenerlos, los padres de todes la abandonaron. Se siente
perdida, sabe que tiene la opción de prostituirse y lo hace. Comienza (o
continúa) una vida cercana al delito, es detenida y vive en prisión, su primer
amor.
Argumento 3:
Una madre
adoptiva siente la frustración del desamor de sus hijas. La vida juntas, no le
permitió construir un lazo de amor que reemplace al biológico o lo refuerce.
Sus hijas la abandonan, la desprecian, no la aceptan, buscan sus caminos
demasiado lejos de casa. Ella se hunde en el dolor y ofrece su cuerpo como
ofrenda a éste.
Argumento
elegido: Numero 2
Trama N° 1:
-
Una pareja de jóvenes se forma
en un aula de una escuela de una cárcel.
-
Compañeres del joven varón le
advierten sobre el pasado de la joven mujer.
-
La joven mujer habla de su
pasado y le habla él. No se avergüenza de eso.
-
El joven varón responde a las
agresiones y advertencias, viviendo apasionadamente, el amor que tendrá final.
Trama N° 2:
-
Una joven mujer, madre de
cuatro hijos, declara en tribunales por el robo a un “cliente”.
-
En la declaración, utiliza como
justificativos, su situación social, económica y familiar.
-
Los que le toman declaración la
inculpan, juzgándola moralmente por su rechazo a la maternidad y por
prostituirse.
-
Cuando llega a la cárcel, la joven
se inscribe en la escuela en donde conoce a un hombre del que se enamora
inmediatamente y cuyo amor es correspondido.
Trama elegida:
N° 2
Cuento: “Un
lugar para el amor”
Llegué a la sala de audiencias de tribunales con las manos esposadas
y acompañada por dos canas que me tenían de los brazos. Me hacían caminar más
rápido de lo que yo quería. Ellas estaban apuradas, pero yo no. Yo quería ver la
calle, las gentes que pasaban, los negocios, respirar ese aire reconfortante,
sentir un poquito el sol en mi cabeza y en mi piel. Quería demorar ese momento.
Me importaba una mierda que me miraran y endurecieran sus gestos al verme. Solo
quería estirar ese momento. Pero no lo logré, obvio. Como no logré tantas otras
cosas.
Me sentaron con un empujón en una silla bastante más cómoda de las
que conocía y pude observar la situación. Un espacio amplio, varias sillas
rodeando un escritorio. Muebles chetos, raros, adornos en el escritorio y
muchos papeles desordenados. Apareció el que dijo ser mi boga y se sentó al
lado mío. Me saludó haciéndose el amigo y me dijo que estuviera tranquila, que
iba a salir todo bien. Que dijera lo que habíamos acordado por teléfono y que
seguro podríamos llegar a un abreviado.
Mientras miraba y escuchaba todo el movimiento del lugar, me dejé
llevar por la vista de la ventana. Como estábamos en el segundo piso, podía ver
algunos edificios, pero también mucho cielo. Medio como que me había colgado
cuando me hicieron parar, va… me pararon de prepo porque había llegado el
fiscal. Un ortiva. Sin muchas vueltas me pidió que relate el hecho.
Se lo conté, como habíamos quedado con el boga. El fiscal me miraba
con esa cara de orto que ponen todos cuando no te entienden ni te creen. Cuando
terminé me empezó a preguntar por qué me prostituía. Tardé en responderle la
pregunta idiota que me hacía el gil. Y le dije lo que él quería escuchar. Que tengo
cuatro hijos, que no tengo trabajo, que nadie me da trabajo porque tengo
antecedentes, que tengo que darles de comer y que son chiquitos.
Él se quedó callado un rato mirándome con cara de amenaza. Pero yo
le sostuve la mirada, ¿que se cree?, ¿Que le tengo miedo? Gil! Hasta que largó
la lengua: que soy una mala madre, que los chicos están abandonados, mal
vestidos, sucios, con piojos, que no van a la escuela, que se portan para el
orto, que todos en el barrio los quieren echar o que me los quiten, bla bla bla
bla.
Que tengo que rescatarme, hacer un tratamiento para las adicciones,
que “vender mi cuerpo” no es la única opción que tengo, que tengo que estudiar
y rescatarme para poder recuperar a mis hijos. Que él iba a pedir un juicio
abreviado, pero siempre y cuando yo me comporte en la cárcel, vaya a la
escuela, pida una fajina y no me mande ninguna.
El viaje de vuelta al penal fue triste. No es que hubiera tenido
alguna esperanza en que las cosas fueran diferentes, pero no sé por qué me
invadió una enorme angustia. Tenía ganas de cortarme de nuevo, sentir el frío
de la navaja en mis manos o mejor en el cuello directamente esta vez. Sólo
pensaba en eso y en los pendejos de mierda que me tenían harta, que siempre
ellos aparecían en mi vida, siempre me los recordaban, aunque yo quisiera
alejarme todo el tiempo de ellos.
Llegué al penal y me corté. Conseguí una navaja a cambio del paquete
de cigarrillos que me había llevado el boga, fui al baño y me corté en el
cuello. Cuando me desperté estaba en la camilla del penal. Me habían cosido,
los hijos de puta y me salvaron. Tres días de calabozo y tremenda dosis de
pastillas me dieron.
Cuando volví al pabellón todas se hacían las buenas conmigo y me vinieron
a hablar las canas de la escuela. Dos minas con guardapolvo blanco que se
hicieron las buenitas y me dijeron que tenía que ir a la escuela, que es lo que
el fiscal había pedido para mí, que era una oportunidad y no sé cuántas
boludeces más.
Me quedé pensando en la escuela, ¡qué mierda era eso! Me acuerdo de
cuando era pendeja y fui a la escuela, me trataban para la mierda. Lo único
bueno era que comía ahí y jugaba con los otros pendejos. Tuve que hacer un
montón de años para poder terminar el primario, si soy burra yo, no sirvo para
la escuela.
Al otro día me hicieron preparar temprano para irme, me sumaron al
grupo de chicas que iban a la escuela y llegué al penal de varones, ahí estaba
la escuela. “Ella va a primer año, pero es nueva” – dijo la milica maestra. –
“Primero tiene que pasar por la oficina de la escuela”. Así que me separaron
del resto de las chicas y me llevaron a otro lado. Ahí me preguntaron sobre lo
que había hecho en la escuela y qué se yo. Ya estaba harta, me quería volver al
pabellón, a dormir, a fumarme un careta.
Pero me llevaron a un aula. Me dieron un cuaderno y un lápiz y me
dijeron que me siente adelante, junto a las otras dos chicas que también iban a
esa aula. Entré asustada, pero no había mucha más gente que las otras chicas y
la profesora que se hizo la buena y me preguntó cómo me llamaba. Me senté
incómoda, me quería ir. No me importaba nada de ahí, quería fumar. Intenté
prenderme un careta que había conseguido antes de venir, pero la profesora se
mostró mala y me dijo que no fumara ahora. Que ya empezaba la clase.
Creo que fue ahí, o un poco después, no me acuerdo bien. Se abrió la
puerta y entraron todos los del pabellón 5. Eran una banda. Las otras chicas se
alborotaron y empezaron a saludarse todos. Fue ahí que lo vi al Diego por
primera vez. Él ahora dice que no, pero estoy segura que a él le pasó lo mismo
que a mí. Flayé cuando lo vi. Se me movió toda la estantería. Vi que se
acercaba a darme un beso y me estremecí. Creo que me mojé. Me embobé como una
estúpida.
Todo ese día nos miramos. Al día siguiente nos tocamos. A escondidas
de los profesores, él me metió una mano por atrás del pantalón y yo me contuve
para no quejarme y esconder todo el placer que sentía. Nos dejaban sentarnos
juntos porque él era el preferido de la coordinadora y le tenían confianza.
Decía que me ayudaba a ponerme al día con las tareas y me explicaba. Al otro
día yo lo toqué a él a escondidas y le hice ver las estrellitas, no creo que
haya podido disimular con la jeta, el goce. Se reía intentando no ser
descubierto cuando el profesor lo miraba.
Me convertí en la alumna con asistencia perfecta. Otra vez iba a
comer a la escuela, iba a alimentarme de amor.

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