🗣️El narrador: la voz de la historia🗣️
Ya desde el “Había una vez…” de nuestra infancia podemos ver claramente que para contar una historia oral o escrita hace falta un narrador, un nexo entre dicha historia y el receptor de la misma. Todos los textos, incluso los informes o los reportajes, tienen un narrador porque están contados desde un punto de vista concreto, con un enfoque, un ángulo y un tono de voz determinados.
El narrador nos ayuda a construir nuestra historia y a través de él describimos personajes, ambientes y situaciones, transmitimos emociones, comentamos y anunciamos los diálogos, creamos opiniones y dosificamos la información para crear el suspense o la intriga.
¿Cómo dosifica la información el narrador?
Seleccionando lo que se cuenta y lo que se omite (porque no es imprescindible o porque resulta más sugerente no contarlo todo, por ejemplo).
Eligiendo los momentos en los que mostrar la información, se la ofrece poco a poco al lector para crear suspense.
Haciendo las veces de oráculo, anticipando un acontecimiento que todavía no ha ocurrido en la historia. Por ejemplo: “Samanta escuchó el timbre y fue a abrir. No se imaginaba entonces que la persona tras la puerta iba a cambiar su vida”.
¿Qué tipos de narrador hay?
Narrador omnisciente: nos lo cuenta en 3ª persona. Lo sabe todo y lo ve todo.
Narrador equisciente: también en 3ª persona pero desde el punto de vista de un solo personaje. Puede contarnos lo que siente, ve y opina dicho personaje, pero no lo que les pasa por la cabeza a los otros.
Narrador deficiente: se limita a narrar los hechos tal y como se ven o se oyen. Es el estilo periodístico o de informe, como si se contase lo que se ve a través de una cámara de vídeo.
Narrador testigo: es un personaje implicado en la historia de manera más o menos directa, nos la cuenta en primera persona desde su punto de vista.
Narrador protagonista: el narrador es el personaje principal al que le suceden los acontecimientos y nos lo cuenta desde su visión.
Narrador en segunda persona: se usa mucho menos y está, como indica su nombre, dirigido a la segunda persona del singular o del plural (a vos o a ustedes).
¿Cómo se elige el narrador adecuado?
Después de ver las funciones del narrador y sus distintos tipos, puede que nos surja la pregunta de cómo elegir al adecuado, cómo saber cuál se adapta mejor a la historia que tengamos entre manos.
Nos encontraremos con que no hay una respuesta correcta a esta pregunta. Pero sabemos que a medida que se van conociendo las características de cada narrador, resulta más sencillo reflexionar sobre ello y decidirse por una de las opciones.
Lo importante a la hora de elegir un narrador determinado es tener claro qué queremos contar y cómo, así como las sensaciones que pretendemos crear en el lector. Sabiendo esto, tendremos a nuestro narrador.
A continuación detallaremos uno a uno los tipos de narrador, con sus ventajas e inconvenientes. Eso sí, aunque resulta muy útil tener esta información para decidirse por otro tipo de narrador, a veces la decisión puede ser más intuitiva que racional. Lo verdaderamente importante es que nos sintamos cómodos con el narrador escogido.
Hablemos sobre el narrador omnisciente, el que todo lo sabe y todo lo entiende.
El narrador omnisciente nos cuenta la historia en 3ª persona y no es un personaje del relato, sino que nos lo transmite desde fuera. Se trata, como su propio nombre indica, de un narrador que funciona como un dios; conoce todo sobre los personajes y las tramas, puede predecir el porvenir, suponer y juzgar.
Este narrador tiene una serie de características que tendremos que valorar antes de elegirlo para nuestra historia:
Lo sabe todo: conoce todos los datos de la historia, así que puede contar cómo se sienten los personajes, de manera que el lector tiene una mayor información de la escena que aquellos que la protagonizan.
Explica, no sugiere: se encarga de explicar lo que ocurre, juzga y desmenuza las causas y comportamientos de los personajes. El margen que se deja al lector para imaginar y deducir por su cuenta es poco.
Aporta credibilidad: tiene una autoridad absoluta en la historia y lo que explica es lo que ocurre, resultando un narrador mucho más verosímil que, por ejemplo, un narrador testigo. Por ello puede ser una buena elección para las historias mágicas, fantásticas o de absurdo.
Puede identificarse con el escritor: al no formar parte directa de la historia y mantenerse fuera de ella, puede interpretarse a veces como la voz del escritor, especialmente si el narrador realiza algún juicio de valor.
Permite los saltos en el tiempo y el espacio: con este narrador resulta mucho más sencillo cambiar de una escena a otra, aunque cambien en ellas los personajes y los escenarios. Ocurre lo mismo con los flashbacks (cosas que han ocurrido en el pasado) y las elipsis (omisión de escenas innecesarias, saltos de varios años en el tiempo de la historia).
Los personajes son instrumentos de la historia: al usar un narrador omnisciente nos encontramos con que la proximidad del lector y el protagonista es menor que, por ejemplo, con una narración en primera persona o un narrador equisciente. Además, la presencia del personaje principal se ve perjudicada, ya que el lector no sólo recibe información de los sentimientos de éste, sino de todo el elenco de personajes.
Existe un narrador en tercera persona que puede parecer en un principio omnisciente, pero a medida que nos fijemos podremos ver que, en realidad, se trata de un disfraz. El narrador en este caso está encubriendo a una primera persona, ya que su punto de vista es el de un solo personaje de la historia: se trata del narrador equisciente.
Este narrador sólo conocerá los pensamientos y motivaciones del personaje al que sigue, mientras que de los otros personajes sólo sabe lo que se puede ver o percibir. Sin embargo, a diferencia de un narrador en primera persona, el narrador equisciente también puede aportarnos cierta información que el personaje desconoce o describirlo desde un punto de vista externo a sí mismo.
La percepción del narrador equisciente es limitada, pero puede tratarse de una percepción limitada simple (un solo personaje al que el narrador sigue durante toda la historia) o percepción limitada global (el personaje al que el narrador sigue puede cambiar según la escena o el capítulo).
Para poder valorar mejor si el narrador equisciente se adapta o no a la historia que queremos contar, hagamos un pequeño resumen de sus principales características:
Tiene una visión limitada: el punto de vista de este narrador se ciñe a uno de los personajes y, por lo tanto, no puede saber lo que piensan los otros o cuáles son sus motivaciones. La visión que proporciona al lector es la misma que la que tiene el personaje al que sigue.
Explica una parte, sugiere otra: sólo puede explicar objetivamente lo que le sucede al personaje al que sigue. Digamos que sólo es un narrador omnisciente para éste, pero no para los demás. Su visión sobre el comportamiento del resto de los personajes y sucesos serán subjetivas, conjeturas y sugerencias.
Permite el multiperspectivismo: permite dar al lector distintas perspectivas de los hechos de la historia sin perder por completo las ventajas de la credibilidad de un narrador omnisciente. Aunque no alcanza la verosimilitud como éste, tampoco tiene la parcialidad de un narrador testigo.
Se identifica con el personaje: aunque el narrador no es un personaje de la historia, los juicios de valor u opiniones que muestra se identifican con los del personaje al que sigue.
Crea una conexión entre el lector y el personaje: este narrador, al darnos el punto de vista de un personaje, acerca al lector a este personaje y logra una mayor empatía.
Se trata de un narrador, que nos cuenta la historia en tercera persona (él no es el protagonista) pero desde un punto de vista concreto, ya que la ha presenciado de primera mano. El narrador testigo puede estar más o menos cerca de la acción, divisarla a lo lejos, presenciarla desde dentro, espiarla, etcétera. Eso sí, siempre se trata de un personaje que observa la escena y nos la cuenta haciendo pocas alusiones a sí mismo.
Existen muchos tipos distintos de narradores testigos, cada uno con sus particularidades. Algunos de los más usados son los siguientes:
Testigo impersonal: está determinado por la fotografía y el cine, ya que nos da la mirada de una cámara. Casi siempre en tiempo presente, se limita a contar lo que se ve.
Testigo presencial: narra los hechos ocurridos tiempo atrás que presenció en persona. Puede ser el ayudante del personaje principal, un compañero de aventuras que recuerda y narra su pasado.
El informante: cuenta la historia transcribiendo los hechos como si se tratase de un documento oficial o una crónica, presentándolos como auténticos.
Pero hay, como ya dijimos antes, muchos otros tipos de narrador testigo, e incluso algunos que pueden ser mezcla de los anteriores. Pero todos ellos tienen una serie de características en común que nos pueden ayudar a la hora de decidirnos por este tipo de narrador para contar una historia:
No es el protagonista: el narrador testigo nunca es el protagonista de los hechos relatados e intenta contarlos de la forma más objetiva posible, tal y como los presenció.
Tiene una visión limitada: nos lo cuenta desde su punto de vista y está limitado por sus percepciones. No puede estar en todas partes ni verlo todo, así como tampoco puede saber lo que piensan los demás personajes.
Describe y sugiere: no puede explicarnos los porqués de las acciones de otros personajes y rara vez realiza juicios de valor. Se limita a describir lo que ve o vio y, en todo caso, nos sugiere en alguna ocasión lo que cree que pasa, siempre desde su punto de vista.
Aporta credibilidad: cuenta lo que realmente están sucediendo esos hechos, es como cuando alguien te cuenta de primera mano lo que ha visto. Se crea una conexión directa entre el lector y el narrador, casi como si éste se estuviese confesando con el primero.
Emplea el lenguaje del personaje: el narrador testigo siempre ha de expresarse como lo haría el personaje que está relatando los hechos. Si se trata de un niño que nos cuenta la historia que ha presenciado, no puede hablar como un adulto.
El narrador no es el autor: la voz del narrador no debe usarse como una forma de introducirse en la propia historia, sino que debe tener vida propia y estar justificada dentro del desarrollo del cuento o de la novela. Cuando se usa un narrador testigo, debe ser porque es la mejor manera de contar esa historia.
Rara vez nos encontramos con un texto de ficción narrado en segunda persona (dirigido a vos o a ustedes), pero sí existen algunos casos.
Acá va una lista de las principales características del narrador en segunda persona:
El lector es el protagonista: el narrador tiene que conseguir el efecto de que los acontecimientos de la historia los protagoniza directamente el lector.
Describe e intuye: la carga psicológica al escribir con este tipo de narrador es muy importante. Como si de un buen máster de rol se tratase, el narrador tiene que describir bien lo que ocurre para que el lector se visualice a sí mismo en medio de la escena. Además, ha de intuir las reacciones del lector para poder adaptarse a sus emociones y pensamientos. De otra manera, el lector se sentirá estafado. Esto es, si queremos que se emocione, el narrador tendrá que lograr que el lector se emocione a través de la descripción y de los acontecimientos. De poco servirá que le digamos: “Ahora estás emocionado” si no logramos que llegue a ese punto por su propio pie.
La ambientación es fundamental: precisamente para lograr que el lector se emocione o se divierta, que viva la historia como propia y entre en el juego, la clave estará en la ambientación. Tenemos que crear una atmósfera real y con el peso suficiente como para envolver con ella al lector.
El tiempo es el presente: el lector no tiene realmente los recuerdos que intentamos generarle, no ha vivido esas experiencias, sino que las está viviendo en tiempo presente. Por eso es importante que usemos los verbos en presente para dirigirnos a él, como si de un guión se tratase. El lector es el actor que interpreta el papel que nosotros hemos creado.
Aunque a veces se puede confundir con el narrador testigo, el narrador en primera persona se reconoce porque se trata de un personaje principal de la historia hablando de sí mismo como eje de la narración.
Existen una serie de características generales que nos pueden ayudar a decidir si el narrador en primera persona es el idóneo para nuestra historia:
El narrador es el eje: es un personaje principal de la historia que cuenta, siendo él mismo el eje de la narración.
Aporta credibilidad al personaje: se hace real para el lector, se convierte en una voz, en una persona que le habla directamente.
El personaje ha de estar bien construido: según la historia que queramos contar y el efecto que queramos crear en el lector (empatía, rechazo, complicidad, condescendencia, admiración), así debemos construir a este personaje narrador.
El narrador habla como el personaje: tiene una forma de expresarse concreta, acorde con su carácter, su edad, su procedencia, su estrato social, su formación, etc. Como narrador, se expresará de la misma manera.
El punto de vista es subjetivo: tiene un punto de vista de los hechos limitado y subjetivo. El lector vivirá la historia a través de los ojos, opiniones, pensamientos y emociones de dicho personaje.
👀 Ojo: se trata siempre del punto de vista del personaje, no del autor. Hay que procurar que el personaje tenga vida propia y sea coherente si queremos que el lector se lo crea. 👀
El diálogo pertenece a los personajes y cualquier intromisión por parte del narrador puede romper el ritmo o la magia del mismo. Sin embargo, omitir la explicación de quién habla en cada momento puede hacer que el lector se pierda (especialmente si es un diálogo largo o si hay muchos personajes) y esto puede resultar aún peor para la historia.
Ante todo, creemos que como lectores nos hemos acostumbrado a ese tipo de acotaciones “dijo, respondió, preguntó…” y, siempre que estén usadas con moderación, las leemos de manera rápida, casi inconsciente. Son una marca que nos indica por dónde va el diálogo, nada más.
En consecuencia, hemos creado una pequeña lista de técnicas que pueden sernos de ayuda a la hora de emplear el narrador en un diálogo:
Acotaciones breves
Ante todo, hay que tener en mente evitar todo lo posible el “dijo María”, “afirmó Miguel” o “preguntó él”. Es mejor usarlos lo estrictamente necesario. Y lo mismo ocurre con los adverbios o las explicaciones innecesarias. ¿Por qué? Bueno, imaginemos un diálogo tal que así:
—Pasame la sal —dijo el padre secamente.
—Tomá —dijo la niña pasándole la sal.
—¿Qué tal hoy en la escuela? —preguntó la madre mecánicamente.
—Fue un escritor a darnos una charla —respondió la niña con entusiasmo.
Como vemos, el diálogo se hace mecánico y pesado. No tiene ritmo y el lector no podrá meterse bien en la historia. Si el personaje está hablando, dejemos que se exprese con su propia voz.
Es sólo una explicación
La palabra del narrador en el interior de un diálogo sirve sólo a título explicativo, no hay que crear un catálogo de sinónimos y palabras bien sonantes para evitar la repetición del “dijo”. En realidad es menos molesto que otras palabras, especialmente verbos complicados que el lector no comprenda a la primera.
Nos ayudemos con los vocativos
Los vocativos pueden servirnos para indicar quién está hablando o a quién se dirige un personaje sin necesidad de añadir un “ella le dijo a él”. Por ejemplo, tomando el diálogo de antes:
—Pasame la sal.
—Tomá, papá.
—¿Qué tal hoy en la escuela? —preguntó la madre.
—¡Fue un escritor a darnos una charla!
Como vemos, hemos reducido la intervención del narrador a una sola ocasión gracias a un vocativo, cuando antes era necesario incluirlo en todas las líneas para entender la situación.
Cada personaje con sus palabras
Una de las cosas más importantes a la hora de construir un diálogo es que cada personaje hable como debe hablar. Si lo logramos, el uso del narrador se hace menos necesario.
En ocasiones, de hecho, puede haber algún personaje que tenga una jerga o una forma de expresarse más peculiar. Esto también puede ser útil para omitir el “dijo” porque su frase o expresión nos permiten identificarlo directamente.
Detengámonos a contemplar la escena
Si el diálogo es muy largo, también podemos parar un instante y añadir una pequeña descripción de lo que ocurre para situar a los personajes en la escena. De otra forma, al final se convierten en simples voces.
Estas acciones de los personajes sirven también para introducir sus líneas de diálogo. Eso sí, hay que tener en cuenta que este recurso ralentiza el ritmo de la narración, aunque puede ser que, en ocasiones, nos venga mejor para la historia. Volviendo al diálogo anterior:
—Pasame la sal.
—Tomá, papá.
La madre evitó la mirada del padre y miró a su hija, que disfrutaba de la comida, ajena a la tensión que flotaba en el aire.
—¿Qué tal hoy en la escuela?
—¡Fue un escritor a darnos una charla!

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