"Polvitos de colores" - Natalia

 


Polvitos de colores

Durante la mañana estuvo inquieto pensando en que llegarían. La primera vez que invitaba a la familia a su casa. La tía Susana hacía tiempo que no le prestaba atención y eso lo enojaba mucho. Él la había elegido madrina de su hijita y ella apenas si la había visto dos veces durante los dos años de la nena. Pero esta vez le dijo que vendría, a lo mejor sola con su marido, porque su hija, desde que cumplió los diecisiete, ya casi no la acompaña a ningún lado.

Con su ritmo agitado, como siempre, se levantó a media mañana y fue a hacer las compras. Contó que serían entre siete y ocho comensales, según viniera o no la hija de la tía Susana y pensó entonces que cuatro kilos de carne estarían bien.

Su novia limpiaba la casa cuando él llegó y le alcanzó las cosas para no ensuciar. Mientras se fumaba un cigarrillo afuera pensaba en lo feliz que lo hacía que la familia viniera a su casa, viera su progreso: con veinticinco años ya tenía una casa, chiquita pero coqueta, una pequeña familia y un autito que lo llevaba a todos lados. Él, que había sido el “tonto” de la familia, el “violento”, el “adicto”, el que nunca “entendía nada”, el que no quiso terminar el secundario, el que siempre “hacía las cosas mal”... Él ahora tenía todo lo que cualquiera puede desear y hoy se lo mostraría a la familia.

Cuando el piso estuvo seco y pudo entrar a su casa, puso cumbia en su celular y conectó el parlante. Prendió el fuego y largó con el asado. Mientras, jugó con la nena, limpió el patio, charló con el vecino y se peinó varias veces.

En eso llegaron sus padres. La mamá, ama de casa, siempre metida en todo empezó a opinar del asado y de la limpieza de la casa. Que faltaba sacar bien la tierra de las ventanas y que la carne no estaba bien colocada. El padre, embobado con la nieta, la alzó y se puso a jugar con ella.

En eso estaban cuando llegó la tía Susana con su marido y su hija. Qué alegría le dio a él, ver que no había venido sola. Quería que el tío Juan y Elena vieran todo lo que él había logrado. ¡Trajeron salamín y queso, del caro!!! Estaba riquísimo. Se sentaron alrededor de la mesa y entraron a comer. Él le pidió a su novia que trajera el pan y se puso a cortarlo. Lo ofreció cuando ya se estaban comiendo todo el salamín.

La charla era muy amena. Todos parecían contentos y preguntaban por la casa. Les mostró la pequeña casa y no se cansó de decirles que estaba muy contento con lo que había logrado él solo. Se enojó con su padre cuando le hizo cara fea y le recordó que un poco lo había ayudado. Pero nada podía quitarle su alegría. Por ahora.

Cuando estuvo el asado se sentaron a comer. Sirvió la carne que cortó con fuerza y con sobrada energía la puso en cada plato. La tía Susana no paraba de hablar, de preguntar y de hacerle monerías a la nena. Elena no quería comer, decía que se sentía mal y que además estaba empezando a ser vegetariana.

Él se rio fuerte, como se reía siempre (parecía que se burlaba)

–no te hagas la fina – le dijo – siempre con alguna cosa rara vos.

 La tía Susana, intentó excusarla.

–Es bueno probar cosas nuevas y además a algunas personas la carne le hace mal.

 La madre, obvio, también defendió a Elena.

–Cada une es como quiere y nadie tiene el derecho a obligarle a comer lo que no quiere.

Entonces él recapacitó, y le ofreció la fuente de papas con mayonesa que había hecho su novia.

–Están buenísimas –le dijo.

Pero Elena ya no comía, revolvía las papas con el tenedor. La madre cambió de tema, empezó a hablar de la nena y de lo viva que era. La tía Susana y el tío Juan la siguieron en la conversación. La novia también. Ella se enorgullecía de su pequeña. Hasta que Elena de repente tiró el tenedor sobre la mesa y habló fuerte, pero mirando el plato:

 –¿Saben por qué no puedo comer carne? No puedo hacerlo en esta casa, con vos Luciano – y mirándolo fijamente se lo vomitó – ¿Por qué no le contás a todos lo que me hiciste cuando yo era chiquita? Cuando jugábamos en la pieza y me obligaste a….

El silencio se convirtió en un círculo que lo encerró y lo aterró. Él empezó a sentir que el latido de su corazón le explotaba en su pecho y no quería mirar a nadie, pero se daba cuenta que los demás formaban parte de la misma tensión. Sintió cómo la furia le nació del estómago y se le subió a la garganta, era tan grande que le alcanzaba para llegar hasta sus brazos y convertirse en puñetazos sobre la mesa. 

– Callate – gritó.

Elena rompió en llantos. La tía Susana se levantó y la sacó afuera. Pronto el tío Juan se despidió amablemente y les explicó que ellos se iban, que muchas gracias por todo, que estuvo todo muy rico. Él se levantó de la mesa y prendió un cigarrillo. Su novia lo miraba absorta. La nena jugaba con la comida y se la llevaba a la boca ensuciándose la cara y la ropa. La mamá y el papá quedaron un rato en silencio, hasta que se miraron entre ellos y se fueron sin saludar.

Los pensamientos le llenaron la cabeza, la sobrecargaron tanto que tuvo que irse. Agarró las llaves del auto sin decir nada, sin responder ninguna de las mil preguntas que le hizo su novia y empezó a dar vueltas por la ciudad. Sentía que la cabeza le iba a estallar.  El dolor se mezclaba con la confusión y el mareo. Llegó a lo de su amigo, ese al que no veía desde hacía tiempo, el que le aliviaba los dolores con polvitos de colores para inhalar.

El bálsamo llegó al instante, debe ser por el tiempo que hacía que no se metía nada en la nariz. Se tiró en el pasto de la plaza cerquita de la casa de su amigo y creyó que estaba solo. Junto con el adormecimiento empezaron a llegar las imágenes como de una película. Todo transcurría lejos de él, podía ser espectador de su propia vida. La casa antigua, los techos altos, las puertas pesadas. En el medio un pequeñito junto a muchos otros iguales que él. Y con otros más grandes y hombres grandes. Muchas camas, mesas largas, mucha gente, ruido permanente. Pero también,  espacios de silencio y de dolor en donde todo se minimizaba. Aparecían rostros cercanos, manos que tocaban, bocas que succionaban, fuerzas que doblegaban.

Se despertó como exaltado del letargo. Prendió un cigarrillo y miró alrededor que chicos jugaban en las hamacas y en los sube y bajas. Sintió risas, mezcladas con llantos, corridas y gritos. Sintió la multitud y entre ella la vio a Elena, pequeña, con sus rulitos amarillos y sus ojos claros. Vio cuando la lastimó, cuando sin poder frenar su impulso, la doblegó.

De esa angustia no pudo volver, tuvo que visitar de nuevo a su amigo una y otra vez.

 

 

 

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