Cuento: “Un lugar para el amor”
Llegué a la sala de audiencias de tribunales con las manos esposadas y acompañada por dos canas que me tenían agarrada de los brazos. Me hacían caminar más rápido de lo que yo quería. Ellas estaban apuradas, pero yo no. Yo quería ver la calle, las gentes que pasaban, los negocios, respirar ese aire reconfortante, sentir un poquito el sol en mi cabeza y en mi piel. Quería demorar ese momento. Me importaba una mierda que me miraran y endurecieran sus gestos al verme. Solo quería estirar ese momento. Pero no lo logré, obvio. Como no logré tantas otras cosas.
Me sentaron con un empujón en una silla bastante más cómoda de las que conocía y pude observar la situación. Un espacio amplio, varias sillas rodeando un escritorio. Muebles chetos, raros, adornos en el escritorio y muchos papeles desordenados. Apareció el que dijo ser mi boga y se sentó al lado mío. Me saludó haciéndose el amigo y me dijo que estuviera tranquila, que iba a salir todo bien. Que dijera lo que habíamos acordado por teléfono y que seguro podríamos llegar a un abreviado.
Mientras miraba y escuchaba todo el movimiento del lugar, me dejé llevar por la vista de la ventana. Como estábamos en el segundo piso, podía ver algunos edificios, pero también mucho cielo. Medio como que me había colgado cuando me hicieron parar, bahva… me pararon de prepo porque había llegado el fiscal. Un ortiva. Sin muchas vueltas me pidió que relate el hecho.
Se lo conté, como habíamos quedado con el boga. El fiscal me miraba con esa cara de orto que ponen todos cuando no te entienden ni te creen. Cuando terminé me empezó a preguntar por qué me prostituía. Tardé en responderle la pregunta idiota que me hacía el gil. Y le dije lo que él quería escuchar. Que tengo cuatro hijos, que no tengo trabajo, que nadie me da trabajo porque tengo antecedentes, que tengo que darles de comer y que son chiquitos.
Él se quedó callado un rato mirándome con cara de amenaza. Pero yo le sostuve la mirada, ¿qué se cree?, ¿que le tengo miedo? ¡Gil! Hasta que largó la lengua: que soy una mala madre, que los chicos están abandonados, mal vestidos, sucios, con piojos, que no van a la escuela, que se portan para el orto, que todos en el barrio los quieren echar o piden que me los quiten, bla bla bla bla (por lo general se usan tres repeticiones).
Que tengo que rescatarme, hacer un tratamiento para las adicciones, que “vender mi cuerpo” no es la única opción que tengo, que tengo que estudiar y estar bien rescatarme para poder recuperar a mis hijos. Que él iba a pedir un juicio abreviado, pero siempre y cuando yo me comporte en la cárcel, vaya a la escuela, pida una fajina y no me mande ninguna.
El viaje de vuelta al penal fue triste. No es que hubiera tenido alguna esperanza en que las cosas fueran diferentes, pero no sé por qué me invadió una enorme angustia. Tenía ganas de cortarme de nuevo, sentir el frío de la navaja en mis manos o mejor en el cuello directamente (recomendamos evitar el uso de adverbios terminados en -mente) esta vez. Sólo pensaba en eso y en los pendejos de mierda que me tenían harta, ¿por qué siempre ellos aparecían en mi vida?, sSiempre me los recordaban, aunque yo quisiera alejarme todo el tiempo de ellos.
Llegué al penal y me corté. Conseguí una navaja a cambio del paquete de cigarrillos que me había llevado el boga, fui al baño y me corté en el cuello. Cuando me desperté estaba en la camilla del penal. Me habían cosido, los hijos de puta, y me salvaron. Tres días de calabozo y tremenda dosis de pastillas me dieron.
Cuando volví al pabellón todas se hacían las buenas conmigo y me vinieron a hablar las canas de la escuela. Dos minas con guardapolvo blanco que se hicieron las buenitas y me dijeron que tenía que ir a la escuela, que es lo que el fiscal había pedido para mí, que era una oportunidad y no sé cuántas boludeces más.
Me quedé pensando en la escuela, ¡qué mierda era eso! Me acordé de cuando iba y acuerdo de cuando era pendeja y fui a la escuela, (anulando esta frase evitamos la reiteración de palabras como “escuela” y “pendeja/os”. Esta última referida a la edad y al tiempo se sobreentiende cuando luego menciona “para poder terminar el primario”) que me trataban para la mierda. Lo único bueno era que comía ahí y jugaba con los otros pendejos. Tuve que hacer un montón de años para poder terminar el primario, si soy burra yo, no sirvo para la escuela.
Al otro día me hicieron preparar temprano para ir al penal de varones, donde estaba la escuela, y me sumaron al grupo de chicas que asistían a clases. que iban a la escuela y llegué al penal de varones, ahí estaba la escuela. “Ella va a primer año, pero es nueva” –dijo la milica maestra–. “Primero tiene que pasar por la oficina de la escuela”. Así que me separaron del resto de las chicas y me llevaron a otro lado. Ahí me preguntaron sobre lo que había hecho en la escuela y qué se yo. Ya estaba harta, me quería volver al pabellón, a dormir, a fumarme un careta.
Pero me llevaron a un aula. Me dieron un cuaderno y un lápiz y me dijeron que me siente adelante, junto a las otras dos chicas que también iban a esa misma aula. Entré asustada, pero no había mucha más gente que las otras chicas y la profesora que se hizo la buena y me preguntó cómo me llamaba. Me senté incómoda, me quería ir. No me importaba nada de ahí, quería fumar. Intenté prenderme un careta que había conseguido antes de llegar venir, pero la profesora se mostró mala y me dijo que no fumara ahora. Que ya empezaba la clase.
Creo que fue ahí, o un poco después, no me acuerdo bien (acá se muestra dubitativa ante un recuerdo importante, que difícilmente no recordaría bien. Unas líneas más abajo dice: "Fue ahí que lo vi al Diego por primera vez". Incluso por la descripción de las acciones que viene a continuación, damos cuenta de que la narradora se acuerda bien cómo fue aquel momento). Se abrió la puerta y entraron todos los del pabellón 5. Eran una banda. Las otras chicas se alborotaron y empezaron a saludarse todos. Fue ahí que lo vi al Diego por primera vez. Él ahora dice que no, pero estoy segura que a él le pasó lo mismo que a mí. Flayé cuando lo vi. Se me movió toda la estantería. Vi que se acercaba a darme un beso y me estremecí. Creo que me mojé. Me embobé como una estúpida.
Todo ese día nos miramos. Al día siguiente nos tocamos. A escondidas de los profesores, él me metió una mano por atrás del pantalón y yo me contuve para no quejarme y esconder todo el placer que sentía. Nos dejaban sentarnos juntos porque él era el preferido de la coordinadora y le tenían confianza. Decía que me ayudaba a ponerme al día con las tareas y me explicaba. Al otro día yo lo toqué a él a escondidas y le hice ver las estrellitas, no creo que haya podido disimular con la jeta todo, el goce. Se reía intentando no ser descubierto cuando el profesor lo miraba.
Me convertí en la alumna con asistencia perfecta. Otra vez iba a comer a la escuela, iba a alimentarme de amor. (podríamos pensar en otro cierre, dejar que el lector abstraiga esa idea de amor entre la protagonista y Diego. Si bien esta última oración presenta una linda metáfora, pareciera desencajar con la voz que viene relatando la historia, que es más cruda y menos poética. Sin embargo no deja de ser un buen cierre en cuanto a lo narrativo)

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