Autobiografía: “Un disfraz para esta familia” - Natalia


 

Autobiografía: “Un disfraz para esta familia”

“Tu conmovedor primer llanto, llenó la ciudad vacía”. Así describió mi padre 15 años después, el día de mi nacimiento. Se había muerto Perón y la ciudad estaba vacía y silenciosa. El pueblo llorando a su líder, sufriendo la pérdida y rindiéndole honores, expresando su amor y su pesar. Nací un día muy triste. La muerte de Perón significaba el fin de las posibilidades de defensa de un pueblo, de un montón de personas que habían podido soñar gracias a sus políticas. 

Ese día triste para todes, nací. Y con esa tristeza de muchos me alimenté los primeros días de mi vida. Mi madre me transmitió los ingredientes necesarios para sobrevivir, pero la tristeza del pueblo me nutrió. La tristeza de mis padres y de mi hermanito que debieron esconderse y esconderme, perseguidxs por la atroz dictadura que ya no podría frenarse, ya no estaba Perón. ¿quién podría defendernxs ahora? Tampoco acudió el Chapulín Colorado. ¿O sí?

La astucia de un tío lejano nxs llevó a escondernxs en otra ciudad, disfrazarnxs de lo que no éramxs para no ser encontradxs. Fingiendo ser lo que no érmxs, lo que no somxs, lo que nunca quisimxs ser; crecí. El disfraz era divertido. Jugábamxs a la familia burguesa que no pretende cambiar el mundo, que no se sensibiliza frente al sufrimiento del otre, que no pretende igualdad. Jugamxs a escondernxs y ser otres. La máscara nxs protegió.

Papá encargado de empresa, casi empresario, aumentando los ingresos para el astuto tío lejano. Mamá ama de casa, esposa y madre ideal, casa bonita, auto moderno, la primera tv a color del barrio. Jugábamxs a escondernxs. Ya éramxs cinco. Todos disfrazados. 

Llegó la democracia y salimxs a festejar. Todes éramxs Alfonsín! Cuánta alegría! Cuántas cosas comenzaron a asomarse desde el escondite, pujando por salir, por aparecer ¿Lo que éramxs? La familia luchadora, comprometida, la que quería cambiar el mundo, hacerlo igualitario. ¿La de la mamá que se dá vueltas la pollera en el Cordobazo para no ser identificada, la del papá que se entrena en moto con el torso desnudo para sobrevivir en los posibles enfrentamientos en las montañas? 

¿La del bebé que enternece al milico que viene a allanar la casa y hace que papá zafe del secuestro? ¿La de la bebé que carga la tristeza del pueblo? ¿La de la nenita ruluda que quiere actuar el mundo que siente en su cuerpo para transmformarlo? ¿Esa familia despierta y quiere salir? 

Como sea, el disfraz de pronto no pudo sostener tanta fuerza emergente y se rompió de una. 

Papá se va, se enamoró de otra mujer y “de repente” (no!!!! No fue de repente), no quiere jugar más al encargado que hace aumentar las ganancias del astuto tío lejano. No quiere más la casa cómoda, ni el auto, ni las vacaciones en el mar, ni el club de mierda, ni los amiges burgueses de mierda que juegan a la canasta a la tarde mientras el mundo se cae a pedazos y las personas sufren. Papá no quiere jugar más y se va. 

La familia disfrazada queda desbastada, desorientada, despojada de todo. Hay que entregar todo. La casa, el auto, el trabajo, las vacaciones, la empleada doméstica, el primer tv color. Todo. Hay que irse. Mamá está sola, también decide sacarse el disfraz, no quiere saber nada de eses amiges del club, no quiere saber nada con ser ama de casa y no poder expresar sus deseos. Quiere volver a militar y quiere actuar. Quiere tomar la fuerza de su madre cantante y actriz y mezclarla con la suya para mostrarla a todes. ¡Quiere pelear!

Mamá, vuelve con sus pichones, apichonada al nido materno. Vuelve a su familia y traslada a sus tres hijes, nxs tralada a la ciudad que la vio crecer. La distancia con el padre será determinante. Los 400 km que separan Rosario de Río Cuarto, serán momentos, experiencias, situaciones, abrazos, besos, lágrimas y risas que no llegan.

Acá, en Río Cuarto, mamá sufre. Allá, en Rosario, Papá se busca. En el acá y el allá les tres hermanxs (que no son chanchitxs) sufren, ríen, acarician, miman, buscan refugio y crecen. Por suerte está la nona y está la tata que bordean, entran y salen, contienen y enseñan, protegen, aman, pelean.

Papá se busca de obrero en diferentes trabajos, “no asienta cabeza”, dicen. Pero él no quiere asentar cabeza, quiere encontrarse, quiere seguir con su proyecto, quiere decir quién es y cómo se llama: es Pablo? Es Gabriel? Es el Ruso? ¿Es aquel líder obrero al que lxs compañeres escuchaban y seguían? ¿Es unx más? ¿Quién es? Tan fuerte fue el disfraz que lo perdió. Y entonces, la culpa de disfrazarse y zafar, lo fue comiendo por dentro. 

Mamá la lucha, se cae y se levanta. Se cae y se re inventa. Milita, le roban, la engañan, la acosan, actúa y es feliz. Encuentra el espacio para recuperar su modo de estar, encuentra las formas para pelear y retomar sus sueños. No falta a ninguna marcha, se sabe todas las canciones, se hace gremialista y defiende los derechos propios y agenos. Mamá recupera su cuerpo y su alma, su modo disfrazado y tira el disfraz para siempre a la mierda. 

 Les chiques crecen. Pasan la adolescencia encontrando el une en el otre el sostén para sobrellevar las metamorfosis paterna y materna. Se abrazan, se leen, se escuchan, se miran, se ríen, se lloran, se divierten, sueñan, imaginan, recuerdan; van tejiendo una historia dolorosa, pero convirtiéndose elles mismes, juntes, en el trampolín que les permite, a veces, asomar la cabeza fuera del barro pantanoso y respirar bocanadas de aire puro. 

Les chiques se adultan y no recuerdan bien el disfraz, no lo reconocen. Rememoran la infancia burguesa como su momento feliz, el lugar a donde volver. La calle, les amigues, el carnaval, las luchitas, la escuela, el club, el patín, la pesca, el arroyito, el río, la cancha… aunque también el abuso, la opresión, la soledad, el miedo. En el fondo, muy en el fondo, saben que eso… era el disfraz. 


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